Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2013

Dos lámparas en el cielo

Cuando era bien jovencita, leí una pequeña historia que me aportó una gran enseñanza y que ahora me gustaría compartir con quienes se detengan en este blog.

He buscado el origen de esta historia sin encontrarlo. Creí haberlo leído en Las Florecillas de San Francisco, pero no he conseguido dar con ella en este libro; así que si alguno conoce su ubicación, agradecería que me lo hiciera saber. Pero, puesto que hasta ahora no he podido localizarla, la relataré con mis propias palabras. He aquí la historia:

Había una vez un anciano fraile que todos los días emprendía un largo camino para ir a predicar sobre la bondad de Dios a los habitantes de diferentes aldeas. El camino era pesado, pero nada impedía que lo hiciera para llevar la luz a sus hermanos. Mientras caminaba por los descampados y los montes, gustaba de ir charlando con Dios; e incluso había tomado la decisión de ofrecerle algún tipo de sacrificio para brindarle una prueba de su amor así como de la disciplina que adoptaba diariamente para no quedarse anclado en la pereza o en la falta de resistencia. Su sacrificio consistía en limitarse a disfrutar de la visión del agua de un pozo que encontraba a mitad de un camino seco y difícil; un pozo que parecía llamarle para ofrecerle su clara y pura agua con la que calmar su sed. Pero no, nuestro fraile no bebía, disciplinándose de esta manera y ofreciendo su sacrificio a Dios para que todos sus hermanos alcazaran la Luz. A veces era difícil vencer la tentación pues el camino no siempre resultaba placentero; especialmente cuando apretaba el sol sobre el pobre anciano; pero nada le hacía claudicar de su ofrecimiento. Miraba el pozo, imaginaba las cristalinas aguas que estaban escondidas en su profundo interior, y decidía seguir avanzando. Una vez emprendido el camino nuevamente, elevaba los ojos al cielo, y entonces era cuando podía vislumbrar la complacencia del Padre en su sacrificio, pues una luz aparecía en el cielo para confirmarlo. Aquel regalo conseguía superar cualquier sufrimiento por la sed, y el anciano fraile seguía su camino radiante de gozo.

Un día se le adjudicó una tarea diferente. Un novicio debía acompañarle para aprender todo lo que el anciano le enseñara. El novicio tenía un mandato muy claro: hacer todo lo que su maestro de ese día hiciera. El anciano lo miró con ternura y le animó a emprender el camino, que de sobra sabía era muy fatigoso pero lleno de recompensas. El novicio siguió todas las instrucciones del hermano, sin quejarse ni una sola vez; aceptó los silencios del anciano fraile ante aquellos que no sólo no querían escuchar su predicación sino que se burlaban de él; aceptó el caminar constante para ir a un lugar y otro ofreciendo la luz para quien quisiera ver; aceptó la generosidad que le hacía al viejo ofrecer ayuda a quien la necesitara aunque aquello implicara un esfuerzo de sus manos ya cansadas. El novicio siguió en todo momento el ejemplo de quien aquel día había sido constituido en su maestro.

A la vuelta, el camino se hacía más largo que a la ida, pues el cansancio acumulado pesaba sobre el muchacho, que miraba asombrado cómo el viejo era capaz de soportar la fatiga de aquella ruta tan seca y difícil sin que brotara la más mínima queja.

Llegados al pozo, el joven novicio no pudo reprimir su gozo a la vista de aquel agua que prometía ser fresca y abundante, y que él tanto, tantísimo necesitaba. Pero, como buen discípulo, bien supo reprimir sus ansias, esperando que fuera su maestro el primero en tomar el agua. El anciano miró el pozo, miró al discípulo, y elevó sus ojos al cielo emitiendo una oración que sólo el Padre podía escuchar:

- "Lo siento, Señor, hoy no puedo ofrecerte mi regalo. El pobre muchacho está desfallecido y me da tanta pena, que no puedo obligarle a soportar mi sacrificio. Perdona a tu humilde y necio siervo este acto de cobardía".

Y entonces, se acercó y bebió del pozo; lo que nunca hizo en tantos años de soledad y dureza del camino, lo hizo al mirar a su joven compañero, quien se abalanzó lleno de contento a disfrutar de un agua tan fresca y pura.

Apenado, tras lo que él consideraba un acto de debilidad, elevó los ojos al cielo, y, para su sorpresa, en aquella ocasión no hubo una luz en el cielo, sino que dos bien potentes iluminaban la bóveda celeste afirmando la complacencia de un Padre que prefiere la generosidad al sacrificio.


martes, 23 de junio de 2009

El Mago y el Caracol

En lo alto de la montaña vivía un poderoso mago. Con el correr de los años, su habilidad para realizar prodigios se había hecho tan extraordinaria que, si bien al principio precisaba la ayuda de una varita mágica, había conseguido prescindir de dicho instrumento.

El mago del que hablamos, no sólo era poderoso por los prodigios que podía realizar, sino por la grandeza de su alma. Una de las razones que le habían llevado a adquirir este poder no era otro que el deseo de ayudar a todo el que necesitara. Por ambas razones, su poder y su bondad, llegó a hacerse muy famoso no sólo en las cercanías del lugar en el que habitaba, sino en lugares alejados de éste.

Un día, mientras realizaba uno de sus acostumbrados paseos, sus ojos se posaron en un diminuto caracol que, pausadamente, hacía su recorrido. Los deseos de ayudar del mago siempre estaban despiertos y empezó a preguntarse qué podría hacer por el pequeño caracol. Poco tardó en darse cuenta de lo que podría hacer feliz a este ser. Observó cómo caminaba lenta y trabajosamente, y se le ocurrió que podría ser una buena idea el proveerle de un ultra rápido motor turbo. Pero al mago no le gustaba obrar sin solicitar en primer lugar el consentimiento del quien iba a ser ayudado; así, después de saludar al caracol y presentarse a él, le participó lo que deseaba hacer. El caracol quedó muy sorprendido pues nunca se le había ocurrido tal cosa. Después de pensarlo durante unos segundos, se dirigió al mago en los siguientes términos:

-"Te agradezco mucho lo que quieres hacer por mí, y no quiero que pienses que soy un desagradecido pero, pensándolo bien, no tengo ninguna necesidad de caminar más rápido".

El mago quedó muy sorprendido ante esta respuesta; a él le constaba que en la sociedad moderna todo el mundo quería aprovechar mucho más el tiempo.

-"Y yo lo aprovecho"- objetó el caracol.- "Mira, caminando con esta velocidad puedo fijarme en cada uno de los detalles que salen a mi encuentro; puedo percibir la humedad de la tierra que piso, la suavidad de la hierba, el diferente tamaño de los granos de arena. No te imaginas lo hermoso que es".

El mago quedó muy satisfecho ante esta respuesta. Frente a él estaba un ser vivo que era capaz de valorar el mundo al que pertenecía. Ahora, todavía con más razón que antes, quería hacer algo por este personaje tan simpático con el que se había encontrado. Pensando y pensando cómo podría agradarle, sus ojos esta vez se posaron en el caparazón que cubría el cuerpo del caracol. Le pareció al mago que era mucho peso el que tenía que transportar, y se le ocurrió que él podía liberarle de aquella molestia. Como había hecho antes, también esta vez consultó con su nuevo amigo.

-"¿Te parece bien que te libere de ese peso que transportas?”

Nunca el caracol se apresuraba en sus respuestas; consciente de la importancia de lo que se le proponía, después de meditarlo, contestó así al mago:

-"Eres un persona muy amable, pero también en esta ocasión tengo que contestarte que no. Esto que llevo y que a ti te parece pesado y molesto es mi casa. No te puedes imaginar lo cómodo que es llevarla. Es muy ligera y tan confortable. Nunca he de preocuparme por si encontraré o no alojamiento en el lugar en el que me encuentre. Si llueve, tengo donde guarecerme; si hace demasiado sol, tengo donde protegerme. Me gustaría poder invitarte a que pasaras al interior y así podrías comprobar lo cómoda que es, pero eres demasiado grande para introducirte en mi casa".

Sin duda el caracol olvidaba que estaba hablando con un gran mago, por lo que éste, haciendo uso de sus muchos poderes, se hizo tan pequeño como una hormiga, pudiendo visitar la casa del caracol y dándose cuenta de esta manera de cuanta razón tenía.

Una vez recuperado su aspecto normal, el mago parecía reflejar una cierta tristeza, por lo que el caracol le preguntó lo que le pasaba.

-"No estoy triste, al contrario, me alegro mucho de que estés tan satisfecho con lo que posees. Lo único que pasa es que me hubiera gustado darte algo, pero me has convencido de que ya tienes todo lo que deseas".

Ante estas palabras del mago, el caracol no pude menos que demostrar su asombro.

-"¿Crees que no has podido hacer nada por mí?" Dijo el caracol "Estás muy equivocado; has hecho mucho más de lo que puedas imaginarte".

El mago, aunque era muy sabio, no consiguió entender el significado de lo que el caracol le decía. Viendo esto el caracol, siguió hablando:

-"¿Es posible que no te des cuenta de lo mucho que me has dado? Me has regalado el bien más precioso que existe, el amor. Te has preocupado por mí, te has interesado por mis necesidades. ¿No te parece que me has ofrecido el don más maravilloso que posees?"

Así era, en efecto. Se despidieron alegremente, deseando verse pronto. El mago regresó a lo alto de la montaña con un conocimiento mucho más valioso que cualquiera de los que hasta entonces había adquirido. Ahora sabía que no había nada más importante que el amor, y desde aquel día se hizo consciente de lo hermosa que era la vida simplemente por darnos la oportunidad de decir buenos días al mundo.

jueves, 9 de abril de 2009

El Maestro

(Aprovechando la celebración de esta Semana Santa del año 2009, vuelvo a publicar un texto escrito por mí que guarda mucha relación con los sucesos que se conmemoran en esta época del año).

Raquel estaba exultante; su alegría no conocía límites y por eso se puso a danzar al tiempo que golpeaba el pandero que en muchas ocasiones la acompañaba. Él había vuelto a actuar, y esta vez lo había hecho en su presencia. Una multitud se había reunido en la montaña para poderlo escuchar; a Raquel también le gustaba hacerlo y en muchas ocasiones su lugar favorito era colocarse a sus pies y mirarlo embelesada; Él entonces sonreía, con esa sonrisa amplia que provenía de la dulzura de su corazón; y, al mismo tiempo que lo hacía, seguía instruyendo a las gentes que acudían a oírlo. Hablaba con total confianza de su Padre, el Padre que decía ser de todos. A Raquel le gustaba el sonido de su voz, pero lo que más le entusiasmaba era saberse junto a alguien tan especial como Él, que podía curar enfermedades y dar de comer a sus amigos, como en aquel momento lo había hecho. Raquel no se preguntó cómo podía ser posible que los panes y los peces siguieran sobrando a pesar de todos los hombres y mujeres que allí estaban, sólo le interesaba constatar que estaban en buenas manos, que aquel en el que habían puesto su confianza era capaz de alimentarlos, y ella, Raquel, se encontraba entre sus amigos elegidos, ¡qué más podía pedir! El peligro ya no existía, pues Él siempre confiaba, el Maestro, Jesús, el hombre que amaba cuando hablaba.

Sin embargo, un día llegó el tormento. Raquel lo había visto en sus momentos de triunfo, aquellos en que las multitudes lo aclamaban y buscaban con desesperación. Ahora aquella búsqueda se había trocado en odio y Raquel no podía entender la razón. Seguro que no había de qué preocuparse; muchas veces les había instruido sobre el cuidado amoroso del Padre sobre sus criaturas, así que no había de qué preocuparse.

Pero no fue así. Lo maltrataron, lo llevaron por las calles, lo dañaron hasta el extremo de aflorar la sangre; y luego, luego la cruz. El grito de Raquel retumbó entre aquella muchedumbre que demostraba los más diversos estados de ánimo; los había desesperados, resignados, amedrentados, y una gran parte de ellos dejó mostrar el odio más escondido que en ellos anidaba, y lo dirigían hacia Él, hacia el hombre que les enseñaba con parábolas, hacia el hombre que curaba sus enfermedades, perdonaba sus pecados, hacia el hombre que los amaba como sólo Él podía hacerlo. El grito de Raquel seguía sonando. Y los ojos del Maestro se clavaron en los de ella; eran unos ojos compasivos aun en el dolor. ¿Por qué la miraba? En aquel momento le pareció a la niña que no sólo la miraba a ella, sino que contemplaba con el mismo amor personalizado a cada uno de los individuos que allí se encontraban asistiendo a su martirio. ¿Cómo podía amarlos a todos, si muchos de ellos habían sido la causa de semejante atrocidad? Pero así era el Maestro. En sus ojos vio la compasión por ellos: no sabían lo que hacían; y en sus ojos vio la compasión por ella: no podía comprender, pero algún día lo haría. ¡Confía!

Cuando terminó el tormento, Raquel se internó por las calles de Jerusalén; y entonces se dio cuenta del cambio: ahora tenía miedo. Mientras el Maestro estaba con ellos, Raquel se sentía cuidada y protegida; tenía un gran amigo; alguien que conocía cara a cara al Dios Padre al que los judíos no podían nombrar. Nadie podía hacerle daño; estaban en buenas manos. Pero ahora, todos eran enemigos. No quería que nadie la tocara; miraba al suelo asustada pues al cielo no quería dirigir sus ojos; ¿cómo podía ser posible que su Padre hubiera permitido todo aquello? ¿Por qué los había alimentado a ellos y no lo había salvado a Él? Los apretujones le desagradaban, no quería sentir la mano de nadie sobre ella, y cuando la tocaban, algo se retorcía de miedo en su interior. Estaba en territorio enemigo. Hasta que una mano la tocó, una mano suave que no la hizo retroceder sino que detuvo el horror por un momento. Alzó los ojos y lo vio: su mirada era la de siempre, llena de amor. Pero no podía ser, estaba muerto, venía del Calvario, allí lo había dejado ya muerto. ¡Confía! Volvió a decirle con los ojos, y se marchó.

Luego supo que otros lo habían visto, se contaban todo tipo de experiencias, pero para Raquel el tormento de la crucifixión había sido más fuerte que cualquier esperanza que pudieran darle. No lo había vuelto a ver; sólo había sido en aquel momento, y luego, nada. No entendía por qué su Padre querido lo había abandonado. ¿Cuál era la razón? Raquel perdió la alegría y perdió la juventud en un día.

* * *

En la isla griega era conocida por "la judía"; algunos la miraban con recelo por esa seriedad que manifestaba. Raquel no se integraba en ningún grupo, aunque acudía a las reuniones de muchos. Escuchaba en silencio, a veces hacía gestos con la cabeza, pero callaba. También allí se hababa del Maestro, y muchos seguían su doctrina. Muchos se atrevían a hablar de Él y de su pensamiento sin haberle conocido como ella lo había hecho.

Cuando miró a lo alto de la colina, divisó el templo de Apolo, y hacia él se encaminó. La colina del Gólgota seguía en su pensamiento; no podía librarse de aquella aterradora imagen. Ahora quería contrarrestarla con la visita al templo lleno de luz y color. Y entró. La figura del dios era hermosa. Apolo tenía todos los atributos de la belleza; no era un padre, pero al menos, nadie parecía quererlo torturar. Sería más fácil seguir aquellos caminos que los que le dictaba su corazón, pero entonces se dio cuenta. Apolo no era un hombre, mientras que su Maestro sí lo era, y aunque no pudiera entender aquel aparente abandono de Dios, su Padre, en aquel momento supo que nunca dejaría de amarlo, de reverenciarlo y de seguirlo. Recordó la mano sobre su hombro, pero no le dio crédito. Aun así supo que nunca abandonaría el amor a su Maestro, y aunque siguiera preguntándose una y otra vez ¿por qué?, seguiría estando a su lado

* * *

Los años pasaron para Raquel; ya vieja, recuperó su dulzura. Ahora le gustaba observar a los jovencitos como ella fuera tiempo atrás. Algunos le preguntaban si era verdad que lo había conocido, y ella decía que sí, y hablaban sobre Él, sobre lo que decía, y lo que hacía, sobre como miraba y sonreía, y por encima de todo, sobre como amaba.

Y Raquel en su vejez se atrevió a levantar los ojos al cielo y buscar la respuesta que tanto se empeñaba en aclarar. Volvía una y otra vez hacia ese Padre que no podía entender, y otra vez lo oyó. La palabra decía: "¡Confía, niña, confía!"

lunes, 23 de marzo de 2009

El Hombre Santo - Segunda Parte


Para Al Harum la confianza en el Gran Dios lo era todo. Si pudiéramos definirlo con una palabra, probablemente no encontraríamos otra mejor: la confianza. Y también el pueblo se daba cuenta de aquello. Les resultaba difícil ser como Harum, pero,
cuando podían estar físicamente con él, se llenaban de un gozo inexplicable que les hacía engrandecer y santificar sus vidas que discurrían plácidamente alimentadas por aquella extraordinaria energía.

Cuando Harum llegaba a la aldea todo era una fiesta. Todos deseaban su compañía, pero ninguno la monopolizaba. La comunión se convertía en una máxima conocida por los hermanos del desierto. Allí, todos saben que sólo hay un camino: compartir.

La felicidad se mezclaba con lágrimas de agradecimiento y con la emoción de los afectos. Harum se mezclaba como uno más entre ellos, pero su porte majestuoso lo hacía ser reverenciado por los demás. Sin embargo, y a pesar de aquella reverencia que suscitaba, nunca se producía un alejamiento sino que todos acudían en paz a besar sus manos, a recibir su sonrisa, a escuchar su voz.

En sus largos años de vida, Al Harum condujo a su pueblo hacia Dios a través del trato directo.

Y llegó el día de la despedida. Nadie podía imaginar que aquella sería su última visita a la aldea. Aunque Harum era un hombre viejo, parecía no mostrar las marcas del desgaste y aquello hacía que nadie se planteara en ningún momento la hora de su muerte. Su rostro moreno y con ciertas arrugas, hacían de este personaje un ser aun más venerable, pero la palabra decrépito nunca formó parte de los adjetivos a él encomendados. Se mantenía enjuto y sano; sus movimientos eran firmes y seguros; y su espalda siempre llevó su cuerpo en un elegante estado erecto.

Pero Al Harum debía marcharse. Como siempre, esta vez también lo hizo de forma discreta. El pueblo sabía que con la misma suavidad que llegaba a sus vidas, un día desaparecía hasta que llegaba el tiempo de una próxima visita. La esperanza de su vuelta los mantenía a todos con el ánimo contento. Nadie podía sospechar que el fin estaba tan cerca. El momento había llegado y Harúm lo sabía.

Se encaminó hacia el desierto y subió a la más alta de las dunas. Una vez allí, levantó su rostro hacia el cielo y buscó el contacto con el Padre. A Harum siempre le había gustado dirigir la vista al sol oculto entre las nubes, pues allí sentía la presencia del Gran Hacedor.

Dejándose invadir por su fuerza, se entregó a Él en una fusión completa, como jamás pudo imaginar que pudiera suceder. De repente, su cuerpo pareció desintegrarse en el espacio de la Tierra y convertirse en un fuego no destructor.

Al Harum entró en otra nueva dimensión y su rostro se hizo más claro, su barba más redonda y, sus vestiduras, aún siendo casi las mismas se transfomaron en una túnica y un turbante totalmente blancos. Así entró al mundo de lo eterno sin que la muerte tomara posesión de su cuerpo.


sábado, 21 de marzo de 2009

El Hombre Santo - Primera Parte


La aldea constituía un gran alivio para quienes se aventuraban a penetrar en el desierto. Allí todo era vida en la que se respiraba un profundo sentido de hermandad. Sin embargo, para él apenas existía diferencia entre el desierto o el pueblo, ya que en ambos se sabía habitando aquello que constituía su hogar, su sagrado lar.

Al Harum visitaba con frecuencia aquel pueblo con casas semejantes unas a otras y con un agradable trasiego de seres humanos rodeados del inmenso desierto, del imponente azul del cielo y de aquellos otros seres vivientes que ayudaban en el transporte o bien ofreciendo el don de su leche.

Aunque las casas se levantaban en las estrechas calles de la aldea, cuando Al Harum llegaba se le ofrecía una enorme tienda hecha de pieles donde el pueblo podía encontrar el gran placer de su compañía. Y él los miraba a todos y a todos ofrecía una so
nrisa. El hombre del desierto, el hombre santo reposaba la mirada sobre ellos; el hombre santo les hacía entrega de su sabiduría sin palabras a través del don más preciado: el amor.

Todos buscaban su compañía y todos buscaban su bendición. Las nuevas parejas que querían recorrer el camino de la vida a través del amor, las jóvenes madres que llevaban en su seno los nuevos frutos de la humanidad, los ancianos que deseaban alcanzar la serenidad que les ayudara a afrontar su destino; todos acudían a Al Harum y él a todos recibía.

Algunos en la aldea contaban que cuando Harum era niño, vivía entre las serpientes y éstas no le hacían ningún mal sino que, por el contrario, ofrecían aquello qu
e albergaban en su interior y que, tratado de cierta manera que sólo Harum conocía, servía de manera eficaz para combatir múltiples enfermedades. Así fue como empezó a crecer su fama sin que nunca menguara.

Al Harum había mantenido siempre una confianza tal en el proceso de la vida, que todos en la aldea pudieron darse cuenta de que era un elegido de Dios. Para Harum la soledad o la compañía no eran más que dos caras de una misma moneda y nunca se mostraba a disgusto utilizara una o la otra. Sabía que a un ciclo le sigue otro y que su labor consistía en asimilar esos movimientos con plena y absoluta confianza en aquel que nos da la vida.


Mucho tiempo pasaba retirado en la soledad de los desiertos; y allí, subido a las más altas dunas, hundidos sus pies en la cálida arena, miraba hacía el cielo y buscaba al Gran Hacedor. Lo buscaba con reverencia y amor; y sabía que lo encontraba cuando quedaba embargado de un inmenso gozo, de una serena seguridad y de un tierno amor.

Los momentos de comunión con el Hacedor eran muy importantes para Harum. En ellos recobraba la conciencia de quién era; al fin y al cabo él también procedía del Santo Hacedor, él también era su hijo; también Harum era parte de ese Misterio Sagrado que tocaba tan profundamente su corazón.

Caminaba kilómetros y kilómetros buscando la sola compañía de aquel que era el origen de todo. Tras aquellos tiempos de reencuentro, Harum continuaba su misión y llevaba el gran don que se le había concedido a sus hermanos del desierto. Todos recibían la palabra a través de Harum que sólo encontraba la felicidad cumpliendo con aquello para lo que había venido al mundo.

Nunca echó nada en falta; si en algún momento sentía nostalgia del Hacedor, pronto recordaba que siempre estaba unido a él; ¿al fin y al cab
o no eran lo mismo? Una parte contiene aspectos del todo y él se sabía parte de ese Gran Dios Creador. Nunca olvidó aquella conexión y eso hacía que pudiera entregar el amor que llevaba dentro de sí sin que por ello sufriera en modo alguno.


CONTINUARÁ...


sábado, 31 de enero de 2009

Akhenaton y su búsqueda de Dios - 2ª Parte

Akhenatón, el rey hereje, como lo llamaron quienes o bien no lo quisieron o no pudieron comprenderlo, hizo el gran esfuerzo de atraer la luz de Dios a los hombres.

La casta sa
cerdotal había secuestrado al dios y lo había encerrado en lo profundo del templo. Pero mi padre veía a Dios en todas partes y no un único día, aquel en el que Amón era sacado en procesión para deparar bendiciones. ¿Es que no podían ver todos que el creador del universo derrocha bendiciones constantes y no sólo en momentos puntuales?

Al amanecer, nos reuníamos a ver el disco solar, la manifestación que mi padre escogió para representar a D
ios. ¿Quíen mejor que un ser potente y lleno de energía que lanzaba con sus rayos, en forma de dulces manos, caricias a toda su creación?

La luz no puede ocultarse, y Akhenaton lo supo y quiso compartirlo... pero... no se lo permitieron; ni me lo permitieron a mí; el miedo fue más grande que mis convicciones, y hoy lloro tal cobardía.

Con mis padres como fieles oficiantes, desde templos totalmente abiertos cuya bóveda era el cielo, cantábamos al Dios de la creación, en la manifestación que más podíamos comprender. Allí no había nada oculto sino que la luz lo impregnaba todo. Aún resuena en mis oídos, la voz de mi padre, acompañado con el sistro que tocaba mi madre:

Tú fecundas a las mujeres,
cuando provocas la vida del hijo
en el cuerpo de la madre.
Tú l
e das satisfacción al acallar sus llantos,
cuando le nutres aún en el cuerpo materno
y le das el Soplo de l
a Vida a todo aquel creado.
Cuando él desciende de las entrañas ha
cia fuera,
es el día en que nace.
Entonces, Tú abres su boca complet
amente
y provocas la proeza.




Yo les miraba y veía devoción en sus rostros. Miraba
al cielo y sentía que Dios estaba también en mí. Pero a los demás aquello no parecía hacerles gracia. Necesitaban controlar al Creador y lo encerraban en la oscuridad de sus templos provocando así misterios estrechos y pequeños, sin darse cuenta de que nada ni nadie puede ensombrecer al Gran Misterio.

Y continúabamos orando junto a él y Nefertiti, mi hermosa madre; hermosa por su belleza y por su devoción, que ninguno supo tampoco entender:


Cuán numerosas son tus creaciones.

Tú has creado la Tierra según tu Voluntad.

Tú eres el Único creador de todos los hombres,
el ganado y todo animal que est
á sobre la Tierra
yendo sobre sus pies
o que se levanta en el Cielo
vo
lando con sus alas,
así como el
creador de los Países Extranjeros.
Tú colocas a cada hombre en su lugar
y provees sus necesidades.
Cada uno tiene su alimento
y contada la duración de su existencia.

Sus le
nguas están separadas en idiomas,
igual que sus rasgos físicos y sus pieles,
porque Tú
has hecho distintos a los pueblos.

Sí, mi padre me decía que todos éramos distintos, pero igualmente hermosos, porque el Creador de todo no puede crear nada que no le haga honor a Él. Pero, claro, ahora me doy cuenta, aquello era peligroso porque, si todos éramos hijos del mismo Padre, ¿cómo podíamos sojuzgarnos los unos a los otros? No, no era la idea de Dios la que creaba distinciones jerárquicas, sino... las de los hombres.

No supe ser valiente; no supe defender la fe y el amor que recibí, pero sigue saliendo de mi corazón y de mi boca la insistente oración que oí proclamar a mi padre, una y otra vez, en compañía de mi añorada madre; y, aún avergonzada, arrepentida y humillada, sigo recitándola en silencio desde donde cualquier lugar en el que me encuentro:

Tú estas en mi corazón.

Para más información:

miércoles, 28 de enero de 2009

Akhenaton y su búsqueda de Dios - 1ª Parte



Mi nombre es Ankhesenpaatón, aunque para mi desgracia seré recordada (si alguien tiene la generosidad y la capacidad de hacerlo) como Ankhesenamón.

Tanto yo como mi marido fuimos obligados a renegar de nuestras creencias, y hubimos de mostrar en nuestro propio nombre la vergüenza de no haber sabido defenderlas. Tutankhatón ya no volvería a llamarse así sino que cualquiera que a él se refiriera debía hacerlo como Tutankhamón. Y por supuesto, su esposa, la hija del gran Rey Akhenatón, debía olvidar su noble linaje de cara a todos.

La vergüenza había llegado a mi casa; la vergüenza se había
instalado en mi corazón. ¿Podrá perdonarme mi padre, Akhenatón, algún día, desde ese cielo azul y lleno de luz en el que, sin duda alguna, vive ahora? ¿Mirará a su pequeña y la comprenderá? Ruego a Atón que así sea.
Las imágenes de mi padre y de mi madre son tan vívidas que aún parece que esté aquí, a mi lado, acariciándome como cuando era niña.

Me veo junto
a mis hermanas atendiendo al culto que él, en estrecha colaboración con su esposa, Nefertiti, ofrecía al Gran Dios Atón en un templo a cielo abierto, y no en esta oscuridad que edifican para mantener a los dioses alejados de los hombres. A Atón, el disco solar, todos podían verlo mirando al cielo; no así a Amón que quedaba oculto en su templo. Ni siquiera cuando los sacerdotes lo paseaban en procesión, su pueblo podía contemplarlo, pues mucho se cuidaban de encerrarlo en una recia urna.

La bella Nefertiti, mi madre, acompañaba a Akhenatón es sus diarios ritos dedicados al disco solar, una bella representación del dador de vida. Yo era tan dichosa y me sentía tan segura acariciada por las manos que salían
del Gran Sol que mi padre adoraba en forma de rayos llenos de poder y ternura al mismo tiempo.

Cuesta tanto comprender lo que sucedió. Cuando yo nací ya mi padre había tomado la decisión, y por eso no consideré en absoluto que pudiera resultar extraña en modo alguno. Lo extraño vino después, cuando mi esposo -y yo con él- fuimos obligados a renegar de todo aquello por lo que el faraón había luchado, y nuestros nombres fueron modificados. Ya no me llamé más "La Que vive por Atón" sino que hube de rendir culto a un dios que, en vez de acercarse al hombre, se ocultaba a él en oscuros templos.


CONTINUARÁ...

viernes, 21 de noviembre de 2008

LOS TRES CAMINOS - Segundo y Tercer Camino


Desde el nuevo lugar de seguridad que había encontrado, rió, rió de buena gana ante aquel descubrimiento, y la esperanza volvió a anidar en ella. Y siguió avanzando. Volvió a escuchar las voces de los deportistas e imaginó lo que pensarían de ella, pero no le importaba, estaba disfrutando de su paseo.

Empezó a mirar con atención, y vio los árboles de tan variados colores. El otoño dejaba su hermosa marca en el suelo. Y entonces surgió otro camino. Era de gravilla y sobre él una alfombra de hojas lo hacía apenas visible. No habían terminado los problemas. Tras el éxito reciente, un nuevo desafío surgía. Las hojas podían ser peligrosas. Pero ella acababa de vencer una prueba y esta segunda que se le proponía no acabaría en derrota; ahora lo sabía. Ahora sí que lo sabía.

Cuando iniciara su primera aventura se vio inmersa en el problema y, aunque no sabía si saldría con bien o no del desafío, recorrió el camino; ahora las cosas habían mejorado, ahora sabía que podía vencer si caminaba con cuidado y mantenía la esperanza.

En esta segunda ocasión, sólo le quedaba aplicar sus conocimientos y actuar muy cuidadosamente. Incluso le dio tiempo a disfrutar de la experiencia. La primera vez había experimentado algo muy semejante al terror en alguno de los momentos, pero ahora sabía que podía lograrlo, podía llegar a un terreno más seguro.

Y así fue. La satisfacción resplandeció en su rostro. Aquella tarde estaba resultando muy fructífera. Había conseguido sortear ya dos dificultades. Sí, había hecho bien en salir aquella desapacible tarde. La naturaleza le había enseñado todo lo que necesitaba saber para sortear las dificultades de su vida. Por supuesto que había pasado por momentos terribles, pero ahí estaba, viva y dispuesta a emprender nuevos caminos. Ya conocía la experiencia. ¿Cómo pudo haberla olvidado? Había que cruzar el bosque para contemplarlo luego con perspectiva.

El segundo camino le había hablado muy claro; ella tenía recursos para sortear las dificultades, sólo hacía falta ponerlos en práctica y saber que siempre podría alcanzar la meta.

El día estaba siendo fructífero. Ahora disfrutaba contemplando los árboles, las fuentes, los estanques, todo era hermoso. Siguió caminando; el final del parque estaba ya cerca, y siguió caminando.

La salida era fácil, había dos caminos para escoger. Uno, el más cómodo, era el que siempre había tomado desde que lo visitaba. Pero entonces vio el otro. Estaba cubierto de hojarasca. No podía saber qué es lo que había debajo. ¿Tierra? ¿Grava? ¿Asfalto? Ya no importaba. Y sin pensarlo dos veces, tomó la decisión; el nuevo resultaba más atractivo para ella.

¿Por qué elegía ahora aquel camino desconocido y no el que, por conocerlo de antemano, podía depararle la seguridad reconfortante? ¿Por qué añadir una nueva emoción a aquella tarde en la que ya había puesto a prueba su valor? La respuesta acudió con más presteza de la imaginada: ¡¡¡la diversión!!! Ahora quería disfrutar con el placer de lo desconocido; ahora, por fin, sabía que contaba con todos los recursos para acometer su nueva tarea con éxito.


La naturaleza había hablado y ella había escuchado su voz.


martes, 18 de noviembre de 2008

LOS TRES CAMINOS - Primer Camino


El viento golpeaba con fuerza, lo que hacía difícil la buena sujeción del paraguas. Había decidido salir a dar un paseo en el preciso momento en que las nubes descargaban un enorme aguacero. En realidad la situación no debiera haberla tomado por sorpresa, de sobra sabía que llovía desde el día anterior; durante la noche, el sonido de la lluvia no había dejado de mecer sus sueños, sin embargo no estaba dispuesta a que aquella circunstancia estorbara su decisión.

Necesitaba ejercitarse; si permanecía un solo minuto más en la casa, terminaría por anquilosarse sin remedio. A pesar del temporal encaminó sus pasos hacia el parque que hacía los oficios de un pequeño bosque en plena ciudad. Imaginó que nadie sería tan loco como ella, ¿a qué aventurarse en un día tan desapacible como aquél? Se equivocaba. Un grupo de deportistas entrenaba como si de cualquier otro día se tratara. Quizá la lluvia no fuera tan fiera como ella creyera.

Decidió esquivar a la gente. Necesitaba soledad para poner sus pensamientos en orden. Últimamente la vida la había golpeado con fuerza; tanto, que más de una vez temió romperse; sin embargo, ahí estaba, caminando a pesar del viento y de la lluvia. Los concejales de su ciudad habían pensando que aquel parque precisaba caminos de asfalto que impidieran a quienes los transitaran en los días de invierno ser alcanzados por el barro; por tanto, el parque no representaba ningún peligro para los viandantes y, por supuesto, tampoco para ella.

Pero no todo era asfalto; gracias a Dios, algunos de los caminos que podían elegirse no contaban con semejante escudo, y fue hacia ellos donde dirigió sus pasos. Deseaba sentir la tierra bajo sus pies; estaba más que harta del duro asfalto de su ciudad y ansiaba un contacto verdadero con la naturaleza.

A ambos lados del camino unos árboles, fuertes y robustos, acompañaban su paseo, y ella decidió dirigirles también a ellos sus pensamientos. En el camino se habían ido formando múltiples charcos que podían ser detectados sin ninguna dificultad por cualquiera que se adentrara en la vereda; ella también los vio pero pensó que aquellas otras partes sobre las que el agua no podía verse ofrecerían buen cobijo para sus pies. No fue así, cuando adelantó su pierna y posó uno de su pies en aquel lugar pudo comprobar que todo estaba enlodado.

Cuando el terreno no resultaba resbaladizo, parecía que quisiera tragarse a quien lo hollara. Aun así, ella siguió caminando. Iba bien equipada con sus nuevas botas de agua. Siguió y siguió avanzando.

Contrariamente a lo que había imaginado, el camino se hacía más y más difícil, y llegó un momento en que dudó sobre las posibilidades de alcanzar con éxito la carretera de asfalto que podía vislumbrar a lo lejos, demasiado lejos. Un instante de miedo hizo que volviera su rostro hacia el principio del enlodado camino; quizá fuera mejor retroceder, casi podría asegurar que las cosas cada vez iban a complicarse más y que, por mucho que lo intentara, no alcanzaría su meta. Había sido una tontería meterse por aquel lodazal; ningún ser con un mínimo de cordura lo habría hecho. ¡Pero deseaba tanto sentir la tierra!

La mirada hacia atrás le reveló que tantas posibilidades tenía de retornar como de seguir avanzando, y decidió lo segundo. A pesar de todo continuaría; si nuevas complicaciones surgían en aquel trayecto, las sortearía como pudiera. Por otra parte, ¿qué era lo peor que podía ocurrirle? Si se caía, ya estaba preparada para el golpe, así que éste, con un poco de suerte, resultaría poco dañino. No, sólo quedaba una solución: avanzar, seguir avanzando; las cosas no podían ser tan malas. Claro que cuando dirigía su mirada hacia delante, tenía que admitir que todavía le quedaba un largo trecho y que no estaba en absoluto segura de lograr vencerlo con éxito. Sólo tenía un medio de afrontar aquella dificultad, ir despacio, midiendo sus pasos, reconociendo cuidadosamente el terreno. Aquella atención apenas le dejaba tiempo para otra cosa más. Ya ni siquiera podía ver el camino de asfalto a lo lejos, sólo le quedaba la lucha que enfrentaba ante el que tenía ante sí.

Y, de repente, allí estaba, lo había conseguido. Sus pies pisaban terreno duro. Lo había logrado. Entonces lo hizo. Sobre la seguridad del nuevo terreno miró hacia el que acababa de atravesar. Nadie hubiera dicho que fuera tan pequeño, pero mientras estaba dentro le había parecido inmenso. Igual que sus problemas. La vida la había llevado por un camino lleno de pruebas del que no podía ver la salida, pero el paseo le había enseñado algo, ni las pruebas eran tan duras ni el camino era tan largo. Se dio cuenta de que mientras estuviera dentro de él sólo le quedaba tomar la resolución que había tomado aquella tarde: proseguir, con cuidado, con ánimo, proseguir.

CONTINUARÁ...

sábado, 6 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Tercera y última Parte





¡Cuántas desgracias! ¡Cuántos hombres muertos, lugares arrasados! Pero por fin aquel infierno parecía haber concluido y ahora había que empezar a intentar reconstruir las vidas de los que quedaron.

Doña Eulalia sigue con su velo negro de encaje, sus guantes, su rosario y su vestido gris. También continúa con ella Josefa, la muchacha que iba al mercado y que con la guerra fue una
de las pocas que ganó algo: un soldado y dos bolitas rosas que corretean alegremente por las desmanteladas habitaciones que doña Eulalia casi nunca pisó. El resto de la servidumbre se ha ido; la guerra ha sido dura y el dinero de su difunto marido no ha llegado para sostener el servicio; sólo le queda Josefa.

¿Y la iglesia? Ahí está, semiderruida, pero aún así don Guillermo sigue en ella. El párroco de Bemil empieza a tener arrugas en la cara y diríase que todavía está más delgado, pero sigue jugando en la taberna, compartiendo la vida con sus parroquianos, al menos, con los que quedan de ellos.

No suceden demasiados acontecimientos en el pueblo y lo poco que ocurre es mejor mantenerlo en secreto pues son muchas las rencillas, muchos los rencores y el miedo aconseja cerrar la boca a los hombres.

Parece que por fin ha dejado de llover y el sol asoma tímidamente a las ventanas de esta tierra. Se escucha un rumor de gentes que va haciéndose más y más fuerte, hasta que se apodera de la aldea. Vienen a buscar al párroco a la rectoría.

Al salir a la calle, don Guillermo encuentra un gran número de gitanos que le hacen subir a uno de los carromatos, donde, tumbado, se encuentra el anciano de otros tiempos, agonizante ahora.

- Como verá, padre, he cumplido mi promesa. El rey de los gitanos siempre cumple lo que dice".

El anciano no quiso entrar en la rectoría, pues ya que toda su vida la había pasado teniendo por techo al cielo, no quería cambiar en estos últimos momentos; y allí, en la oscuridad de la noche, rodeado de altos pinos, su alma de pronto se fue a reunir con las estrellas.

* * * * * * * *

Don Guillermo no comprendía el significado de las últimas palabras del gitano, pero pronto pudo darse cuenta de que lo que dijera aquel hombre no era nada que pudiera interpretarse como un símbolo, sino que era la pura verdad: aquel anciano había sido el REY DE LOS GITANOS.

En los días que siguieron al sepelio, Bemil se convirtió en el lugar donde convergían las más diversas tribus de gitanos: los gitanos del mundo entero hacia allí se dirigían; gitanos de los más
recónditos países, todos unidos por un mismo sentimiento.

A la iglesia semiderruida iban pasando los gitanos. Sus rezos ocupaban todo el día. El sacristán estaba asustado, casi no podía creerlo, desde que aquellos hombre y mujeres habían llegado al pueblo, los cepillos de la iglesia se llenaban con tanta frecuencia que debía vaciarlos varias veces al día. ¿Había ocurrido esto alguna vez, aún antes de la guerra? Con el tiempo se reconstruyó la iglesia con el dinero que los gitanos habían ido donando. ¡Quién lo hubiera
pensado! ¡Una iglesia reconstruida por los gitanos!

* * * * * * * *

Igual que el anciano, don Guillermo también cumplió; no sólo rezó una oración por su alma, sino que celebró varias misas pidiéndole a Dios, con humildad, que acogiera al gitano en Su casa. Quizá durante toda su vida, al celebrar la Santa Misa, don Guillermo siempre pensó en su amigo; y, cuando, le llegó la hora al párroco de Bemil, quién sabe si allá en el firmamento, un gitano viejo de ronca voz lo estaba esperando.


Nota: Esta historia, aunque novelada, es un tributo a alguien que realmente existió. En el cementerio que rodea la iglesia de Bemil, aún hoy puede verse la tumba de don Guillermo. Allí estuve hace años, y alguien del pueblo, al igual que ya lo hiciera antes mi padre, me corroboró la base de esta leyenda. La foto de don Guillermo está recortada de una foto de mi familia en la que él (y su hermana) aparecen en su juventud.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Segunda Parte (de tres)

- "¿Cómo es posible? ¡Este don Guillermo..! No es que yo ponga en duda que sea un buen sacerdote, pero, es que a veces tiene unas cosas..."

- "Ni que lo diga, doña Eulalia, ni que lo diga".

- "Pues vamos a tener gitanos para largo..."

Así hablaba la alta burguesía en la mansión de doña Eulalia. Hasta se invitó al mismísimo don Guillermo a una reunión para ver si era posible convencer al cura de la mala influencia que podía ejercer aquella banda de desarrapados en las buenas gentes del pueblo; ya los ánimos estaban bien revueltos ese invierno del 35, como para que encima les viniese otra carga más.

Pero no hubo forma, don Guillermo no cedía. Últimamente las homilías repetían frecuentemente el tema de la caridad cristiana.

Poco a poco, y ante el hecho consumado, los parroquianos fueron aceptando, unos de mayor y otros de menor grado, a esos intrusos. Las mujeres empezaron a ofrecer algunas ropas viejas a las gitanas para que cubriesen a sus churumbeles. Los hombres de la tribu se dedicaban a recoger trastos viejos que luego vendían por unas pocas perras, lo que les permitía ir tirando sin tener que renunciar a su deseo más vivo: la libertad.

Don Guillermo y el anciano se pasaban horas hablando, ¿de qué? ¡De tantas cosas! De la vida, de sus pequeños detalles. El anciano había visto mucho mundo y conocía muy bien a la gente. Conoció en el párroco a un buen hombre.

Pasaron los meses y llegó el momento de la partida.

 "Don Guillermo -dijo el anciano con su ronco acento-, usted ha sido el mejor hombre que he encontrado en mis ya muchos años de andadura, y, en este pueblo, hemos conseguido, gracias a usted, tener reposo. Les he dicho a los míos que el día que mis ojos quieran cerrarse para siempre, me traigan a morir aquí. ¿Querrá usted, entonces, rezar al Señor una oración por mi alma?"

¡Cómo no iba a rezar por él! Eso no hacía falta ni siquiera pedirlo.

La caravana partió y poco a poco el pueblo fue volviendo a su estado habitual.

Hasta que un día llegó algo mucho peor que los hombres nómadas. Llegaron las balas y las bombas: el estallido de la guerra.

CONTINUARÁ...

martes, 2 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Primera Parte (de tres)

Aquel día había amanecido lloviendo cuando don Guillermo, el párroco del pueblo, salía corriendo para decir la primera Misa. Era un día de invierno en Bemil, pequeño pueblo de Pontevedra, con sus calles y casas de piedra por donde la lluvia iba penetrando año tras año.

Don Guillermo tenía prisa, pero aquel sacristán no se aclaraba. Ya las mujeres estaban en la iglesia; doña Eulalia, con su velo negro de encaje, su rosario de plata en las manos y aquel misal de piel que más de una envidiaba. Doña Eulalia no vestía de negro como las mujeres de la aldea; no, su color era el gris... ¡Hacía tan distinguido!

Aquel invierno del 35 estaba revuelto; había demasiados rumores. Los hombres hablaban de política más de la cuenta, mientras que las mujeres acudían como siempre a la iglesia... por tan diversas razones: unas, porque era lo que debía hacerse; otras, para pedir a Dios por sus hombres que habían partido más allá del inmenso océano que rodea las costas gallegas... ¡Había tanto por lo que pedir!

¡Pobre Galicia! ¡Pobres sus pueblos! Situada en un extremo de España, parecía que a nadie preocupaba su estado. Gracias que Dios había provisto bien aquella tierra y, aunque el dinero de las industrias nunca llegara a ella, a sus gentes no les faltaba comida pues sus tierras son fértiles y siempre verdes.

Las tierras gallegas están divididas en pequeñas parcelas debido a las distintas herencias que muchos dejaron a sus hijos. Son tan pequeñas que económicamente valen poco, pero, al menos, dan a sus habitantes la comida diaria. En sus tierras se dan las patatas, el maíz, los grelos..., diríase que todo puede cosecharse allí. ¡Hasta en la huerta de los Porriño se consiguieron plátanos!

Y empezó la Misa... Doña Eulalia, aunque es la mujer rica y noble del pueblo, no entiende latín; quizá sea por eso por lo que sigue rezando el Rosario, mientras el pobre don Guillermo se esfuerza en decir la Misa.

Luego, el trabajo. Hay que trabajar los campos. ¡Cuántas mujeres sostienen la azada en estas tierras! Tantos hombres se han ido a la Argentina que son ellas las que tienen que llevar el pan a sus hijos. Quizá sus maridos vuelvan un día cargados de dinero, como volvió Dionisio Daponte, del que dicen que “tragó la bolicha”. ¡Ha vuelto tan pomposo! Hasta su acento cambia cuando habla con los del pueblo pues eso parece que le da un gran prestigio. Vive en un inmenso pazo y le gusta contar a sus paisanos lo que él hacía en aquellas pampas, o, quizá, lo que él imagina que hacía.

La casa de doña Eulalia es tan grande que muchas de sus habitaciones no las pisa en mucho tiempo. Aunque es viuda, le ha quedado lo suficiente como para mantener a sus cuatro hijos y a todo el servicio. Le agrada ir a la compra con una de sus criadas; la pobre muchacha va acarreando los pesos y tiene que pararse aquí y allá mientras su señora habla con las otras damas importantes del pueblo; así, acompañada, los muchachos no se atreven a decirle nada y ni tan siquiera puede sisar algún que otro patacón.

Cuando don Guillermo termina sus ocupaciones en la iglesia, sale con su larga sotana negra a ponerse en contacto con las gentes del pueblo. Casi siempre se le ve jugando a las cartas o al dominó en la taberna, rodeado de paisanos y hablando sin ninguna afectación. Era un buen hombre el párroco de Bemil. Allí, en aquel pueblo, desarrollaba sus funciones lo mejor que podía y sabía, siendo querido y respetado por su gente, aunque nunca faltasen comentarios sobre su gusto por el juego en la taberna o sobre lo pobremente vestido que iba; pero, habando de esto, muchos pasaban el rato y era algo que no hacía mal a nadie pues, a la hora de la verdad, era a él a quien iban a pedirle la última Comunión, el Bautismo, el Matrimonio...

Don Guillermo era delgado, debido seguramente a la escasa alimentación que recibía. La hermana del párroco pasaba su vida haciendo números que lograran encajar las cuentas de la casa; la comida, por tanto, había de ser frugal a la fuerza. De vez en cuando, algunos buenos vecinos se acercaban a la rectoría con algún poco de caldo o con una empanada recién hecha, o bien con alguna trucha recién pescada. De todos modos, nunca se sabía cuándo iba a sobrar comida o cuándo no, ya que aquel cura era tan singular que continuamente llevaba a algún que otro invitado a su mesa, pensando quizá aquello de que Dios proveerá.

Mientras echaba su partida habitual, un incidente que llamó su atención se desarrollaba en la taberna. Farruco, el tabernero, intentaba echar de su establecimiento a un gitano de edad y a otros dos más jóvenes que lo acompañaban. Había un gran escándalo; los parroquianos, sin pensarlo dos veces, se pusieron de parte del tabernero ya que no querían gitanos en su pueblo, y el hecho de que hubieran entrado allí aquellos tres no podía significar otra cosa sino que una caravana de los de su raza había llegado a Bemil.

No se equivocaban aquellas gentes; en las afueras de la ladera, junto al río, acababan de acampar unas pocas familias de gitanos.

Don Guillermo, queriendo mantener la paz en el lugar, decidió dirigirse al anciano y con buenas palabras lo sacó a él y a los otros dos de allí, llevándolos a su humilde casa. ¡Qué habitación encontraron aquellos hombres! ¿Cómo podía ser posible tanta pobreza?

Don Guillermo pidió al anciano que todos sus compañeros se comportaran rectamente, sin hurtos ni riñas entre ellos, ni nada que pudiera escandalizar a sus fieles; a cambio, él se encargaría de que los ánimos volvieran a su cauce. Al hablar, lo hacía dirigiéndose al anciano ya que los otros dos gitanos parecían respetarlo profundamente y hacer caso de sus observaciones.

CONTINUARÁ...


viernes, 8 de agosto de 2008

Figuras en el agua

El baño estaba preparado, sólo faltaba añadirle el aceite espumoso que obrara milagros en la piel.

Era hermoso dejarlo caer en la bañera desde lo alto. Entonces, burbujas de espuma emergían desde el fondo y se disponían a cubrir el caudal de agua estancada.

El momento del baño constituía todo un ritual de placer. Una vez introducido el cuerpo en él, la mente se liberaba y emprendía un largo viaje ayudada por la serenidad que aportaba el líquido y cálido elemento.


Pero antes de emprender viaje, la vista se fijaba en la espuma que, poco a poco, iba separándose en formas diversas. De una completa unidad iban recortándose figuras sueltas que, a su vez, se remodelaban en otras nuevas hasta volver a perder sus contornos y fundirse nuevamente en una unidad.

La imaginación volaba aún más ante la visión de aquellas figuras. La mente y el sentido de la vista iban otorgando nombres a los contornos dibujados sobre el agua.

Al separarse una pequeña porción de espuma de la que había sido su origen iba adquiriendo una forma que la hacía semejante al dibujo de un caracol. Sobre él, otra figura iba desarrollándose; primero semejaba un rostro, más tarde se iba prolongando hasta alcanzar el contorno del abdomen unido al rostro y, por fin, el cuerpo entero de alguien adornado con una bonita melena corta iba tomando una mayor presencia.

Pero aún no había terminado su evolución. A medida que el agua se movía, de las espaldas de aquella figura parecían emerger unas esplendorosas alas, y quien pareciera hombre ya
había dejado de serlo para transformarse en hermoso ángel.

Debajo de él, e
l caracol también se había transformado y ahora se hacía más y más semejante a una morsa gigante. El agua no dejaba de moverse y a cada rato la espuma iba creando nuevas figuras una vez desdibujadas las anteriores. Al final todas volvían a unirse en una sola, la espuma original.

Al salir del baño, los pensamientos del viajero se hicieron más conscientes y quiso razonar. ¿Podría ser lo que acababa de experimentar la imagen de la vida? ¿Por qué no? Todos los seres podían venir de una misma fuente y ser lanzados a un caldo de cultivo primigenio en el que fueran desarrollando nuevas formas y maneras. Primero la unidad, luego el desmembramiento que confiere individualidad, y luego nuevamente la unidad original.

El viajero pensó que de la misma manera que había sucedido con la espuma, cada ser nacido podría ir transformándose en otro nuevo, y a partir de éste otros más surgirían en el universo. Y, dándole vueltas una y otra vez al cúmulo de figuras hechas y deshechas, concluyó que los seres podrían nacer no una sino múltiples veces y con muy diversos aspectos, para volver siempre a un origen común.

El viajero siguió cavilando. ¿No podría ser aquella experiencia una imagen que ayudara a comprender el misterio de la vida con sus posibles reencarnaciones? Formas y formas sucesivas procedentes de un mismo origen y con una meta común. ¿Quién podría negarlo? ¿Quien lo afirmaría? Y el viajero, contemplando su rostro en el espejo, hubo de esbozar una sonrisa.

* La pintura es obra de Frida Khalo, y su título es "Lo que vi en el agua"

viernes, 4 de julio de 2008

El Árbol Torcido

Este relato lo publiqué con anterioridad en el blog de mi amiga Pasión ("Dios Laico"). Hoy me gustaría plasmarlo aquí también para los nuevos lectores.

La noche había sido muy dura. El viento se había desatado y parecía querer llevarse todo lo que encontrara a su paso. Su fortaleza arroyadora pudo con la de un árbol de los muchos que había en el parque. El árbol intentó resistirse, pero, cuando llegó la mañana, comprobó los efectos del viento; su cuerpo había quedado inclinado, ya no era el erquido árbol de días anteriores; ahora, parte de sus ramas casi rozaban el suelo, mientras que las demás quedaban en lo alto.

Para el árbol, la comprobación de su nuevo estado le supuso una gran tristeza. Ya nadie se resguardaría del sol bajo sus ramas. ¿Quién iba a ser tan loco como para sentarse bajo un árbol tan poco apetecible?


Todos sus compañeros lo compadecían. A todos ellos les hubiera gustado ofrecerle algún tipo de consuelo, pero no encontraban las palabras adecuadas; lo mejor era dejar pasar el tiempo y que el árbol herido se fuera acostumbrando a su nuevo aspecto.

Cuando llegaron al parque los visitantes más madrugadores y comprobaron por sí mismos los efectos del viento, hubo muy diversas reacciones. Algunos se llenaron de miedo pensando en el peligro que suponía un árbol caído, pero esta actitud era bastante irracional, pues lo ocurrido ya había pasado y no valía la pena crear accidentes imaginarios. De todas formas, no estaban satisfechos, pues aquel árbol que había quedado torcido podía constituir un peligro par
a los niños, ¿y si terminaba por doblarse completamente?

Los más optimistas veían un espectáculo curioso; comprobaron el estado del árbol y vieron que sus raíces estaban bien sujetas al suelo por lo que consideraron injustificados los recelos de aquellos otros alarmistas.

Para los niños, la nueva situación fue causa de una gran alegría. Aquél se había convertido en un árbol más accesible que los demás, por lo que lo integraron inmediatamente a sus juegos. Esto nunca había sucedido antes. Es verdad que muchos pequeñines posaban sus manitas en el tronco de los altos árboles, pero cuando intentaban alcanzar alguna rama, aun las más bajas, resbalaban sin conseguir su meta. Ahora todo había cambiado, y el árbol experimentó un gozo intenso al poder compartir la alegría de los niños.

Pasaron los días, y el árbol cada vez se acostumbraba más y más a su nuevo aspecto. Un día, un muchacho se sentó justo enfrente de él, sacó un cuaderno bastante grande, unos carboncillos, y comenzó a jugar con ellos encima del papel, mientras que, de cuando en cuando, echaba una ojeada al árbol torcido. Éste se preguntaba qué podría estar haciendo aquel joven. Pronto
obtuvo la respuesta. Los árboles que estaban situados a la espalda del nuevo personaje, contemplaron lo que hacía, y es que a cada mirada lanzada por el muchacho, un nuevo árbol torcido iba formándose en el papel. Para el árbol, aquello constituía toda una novedad; alguien estaba haciéndole un retrato.

Pronto ya no sólo había un muchacho frente a él, sino todo un conjunto de ellos. Todos pertenecían a un colegio cercano al parque, y lo que intentaban era reproducir en sus cuadernos la imagen del árbol, cosa que conseguían con una mejor o peor fortuna.

Se convirtió en algo habitual referirse al árbol. Cuando dos amigos quedaban para verse a una determinada hora, se hacía muy fácil localizar un lugar de reunión.

- “Bien, entonces quedamos esta tarde a las seis; ¿te parece?”

- “De acuerdo, pero ¿dónde? El parque es muy grande.”

- “Podemos encontrarnos junto al árbol torcido.” Y con esas palabras, el encuentro se facilitaba.

Desde el día del vendaval, muchas cosas habían cambiado; el árbol había dejado de ser alguien anónimo, ahora tenía un nombre que lo diferenciaba. Si en un principio tanto él como sus compañeros pensaron que todo había terminado para el pobre arbolito, pronto pudieron comprobar su tremendo error, y durante muchos, muchos años, el árbol torcido fue referencia obligada para todos los visitantes del parque.

NOTA: Me gustaría añadir que las dos fotos que muestro aquí, fueron tomadas por mi marido en el fantástico Parque Natural conocido como "Monasterio de Piedra" situado en Aragón (España). ¡Merece la pena visitarlo!