martes, 10 de junio de 2008

EL EMPERADOR - (Meditando con las Cartas del Tarot)

En la baraja Rider-Waite, la Carta número IV de los Arcanos Mayores es EL EMPERADOR. Esta carta nos señala un aspecto masculino de la persona sobre la que se consulte, es dedir, un aspecto eminentemente activo; o bien puede hacer alusión a un hombre y sus características. Como aquí lo que hacemos es meditar con las cartas, nos concentramos por tanto en la profudidad de su mensaje en vez de en elementos concretos más usados en una consulta general.

El Emperador se sienta erguido, enérgico y a la vez sereno sobre un trono de piedra. Ostenta símbolos de poder como son su corona y su cetro. ¿Qué nos puede estar diciendo?

El Emperador impone orden. Un orden basado en reglas claras y necesarias para el buen mantenimiento del reino. No se trata, por tanto, de reglas arbitrarias sino que el Emperador es alguien que conoce que el orden es necesario.

El problema podría surgir cuando esas reglas se vuelven como su trono, inflexibles. La piedra puede simbolizar lo estable, lo duradero; pero también aquello que no se mueve y que por tanto puede constituir un obstáculo si no sabe utilizarse de una manera abierta. Uno no puede estancarse en determinadas normas que podrían haber quedado obsoletas o no ser necesarias en el momento presente.

El Emperador, de alguna manera, puede poner un límite a la abundancia de la Emperatriz. Pero un límite que pudiera ser necesario, no un límite que parte de la obstinación o del deseo de mantener la autoridad a cualquier precio.

El Emperador, en su parte positiva, nos puede estar hablando de alguien que sabe cómo manejar la situación serena pero enérgicamente.


En el Tarot Osho-Zen, la carta recibe el nombre de EL REBELDE. Y a diferencia del Emperador de Rider-Waite, que de alguna forma pudiera seguir reglas establecidas; aquí, por el contrario, el Rebelde es el elemento activo que pudiera necesitar trastocar las cosas para llegar a la meta.

El Rebelde es la carta de quien se conoce a sí mismo y a su entorno. Y por eso puede desprenderse de las cadenas que intentan apresar sus pies.
La antorcha que lleva en la mano simbolizaría la luz de ese conocimiento, así como la fuerza en la que se apoya para salir de las dificultades.

El Rebelde es alguien que no puede ser dominado. Pero su rebeldía debe proceder del conocimiento genuino, y no de la pura veleidad.

El Rebelde es alguien lúcido y valeroso que asume la propia responsabilidad y se lanza a la acción.


En el SYMBOLON aparece una carta denominada EL EGO, que nos recuerda a la carta de El Emperardor. El Sol tras el Emperador nos habla de la fuerza de la luz.

Me gustaría reclamar la atención para ese fondo que apenas se vislumbra. En un lado del Emperador, se percibe una ciudad; mientras que en el otro lado, es un campamento de batalla. ¿Qué nos dicen estos dos paisajes? Uno de sus mensajes pudiera ser que el buen Rey tiene que saber gobernar tanto en la paz como en la guerra. Debe saber adaptarse a todo tiempo, sin perder por ello su personalidad y su estabilidad.

El Rey nos dirige hacia nosotros mismos para que, una vez nos conozcamos y sepamos de nuestra esencia, comprendamos nuestras motivaciones y asumamos nuestro ser.

El conocimiento y la aceptación de quienes somos es el primer paso para asumir un papel director en el mundo. A veces, defender determinadas posiciones puede granjearnos problemas; pero, lo importante es saber manejar la situación sin traicionar nuestra esencia. Si en un momento determinado eso hace que los demás no se sientan especialmente dichosos con nuestras decisiones, eso no debería hacer flaquear las mismas si han sido cuidadosamente sopesadas y valoradas a la luz de la verdad. Uno no puede ceder a posibles chantajes cuando ha visto la verdad cara a cara.

Autoridad, no autoritarismo. Autoridad sobre uno mismo y autoridad sobre el entorno cuando ello se hace necesario.


domingo, 8 de junio de 2008

¡¡¡Hoy es mi cumple!!!


Pues sí, pues sí...
Así como quien no quiere la cosa,
resulta que hoy cumplo
¡¡¡5 añitos!!!...

¿Qué pasa? ¿Que no os lo creéis?

Bueno, la cifra viene acompañada por un cero, pero,
como en mis clases de matemáticas me dijeron que
los ceros a la derecha no cuentan....
¿o era a la izquierda?
Es que...
¡¡¡nunca he sido especialmente buena en matemáticas!!!

¡¡¡Para algo tendría que servir no saber matemáticas, digo yo!!!

viernes, 6 de junio de 2008

Aprender de los errores

Muchas escuelas de pensamiento nos dicen que venimos a la Tierra a aprender. Yo creo que venimos a muchas cosas que se resumen, entre otras, en dos: venimos a experimentar y a aprender conociendo.

Y una forma de aprender es a fuerza de errores. Errores cometidos por uno mismo o por los demás; pero a fuerza de probar, uno puede ir desechando esos errores hasta alcanzar la mejor vía.

Es verdad que muchas veces creeemos que hacemos más o menos todo lo que podemos por nuestra parte, y sin embargo no parece que obtengamos los resultados deseados. Es entonces cuando en una ocasión me puse a meditar sobre este tema. Y mi meditación comenzó con una profunda queja: ¿Por qué? ¿Por qué sigue sucediendo esto y lo otro? ¿Porqué?
Ante mis preguntas, la respuesta que percibí en lo profundo de mi pensamiento fue ésta:

“Venimos a la Tierra a aprender y por tanto a cometer errores.”

Bien, era una respuesta, pero una respuesta que en vez de apaciguarme me inflamó de ira. ¡A aprender! ¿A aprender? ¿Siempre yo? ¿Siempre tengo que esforzarme hasta el límite? ¿Es que siempre lo hago todo mal? ¿No hay ni una ocasión en la que actúe adecuadamente?

La desesperanza para mí era inmensa. Sentía un enorme reproche que venía de lo Alto. Asumía que con aquella frase se me estaba reconviniendo. Además, semejante respuesta parecía situarme a mí en el escalafón más bajo de la humanidad; pensaba yo que me consideraban profundamente inepta y que nunca conseguía aprender, pero no así los demás que sin duda tendrían razón.

Por supuesto, no pongo en duda que cometo errores, pero a veces la cosa no parece tan clara, ¿verdad? Y entonces vino la sorprendente respuesta a mis quejas y que alivió mis penas puntuales.


“No sólo eres tú quien comete los errores.
Los otros también aprenden a través de los que cometen contra ti.”


miércoles, 4 de junio de 2008

La Rosa y el Aire - Parte Segunda

Los días pasaban y la rosa gustaba de mantener largas conversaciones con el clavel recién llegado; tantas cosas sabía él y tantas cosas desconocía ella. El clavel había tenido la gran suerte de conocer otros ambientes además de aquél en que había nacido, y eso le daba un conocimiento de diferentes aspectos de la vida. Dentro de la rosa fue naciendo el deseo de conocer, de experimentar nuevas sensaciones; quizá aquel deseo estaba desde siempre en lo más profundo de la flor, pero alguien había hecho que despertara con mayor fuerza.
El clavel, entre otras muchas cosas, hizo ver a la rosa cómo la suave luminosidad de la luna no procedía de ella sino que también provenía del sol.
- “Pero eso no es posible; el sol es el sol, y la luna, la luna.” -Exclamó la rosa.
- “No es tan simple como tú lo planteas; todos los seres de la creación participamos de ella y nos complementamos. La luz que tú ves a través de la luna procede del sol; lo único que hace ella, en todo caso, es suavizarla, pero no le pertenece.”

Aquello, en principio, resultaba algo inverosímil para la rosa, pero con el tiempo fue acostumbrándose a esta nueva idea y admitiendo su realidad.

La luna siguió sirviendo de tema de conversación, pues un día, de repente, el sol se oscureció. A la rosa ya no le pillaba de sorpresa aquella actuación del sol, pero la oscuridad se prolongaba sin que ni una sola gota de agua cayera de las nubes. Intrigada, la rosa levantó su mirada y ¿qué es lo que vio? Un maravilloso espectáculo se desarrollaba en el cielo; el sol se había vuelto oscuro, mostrando tan sólo un círculo exterior luminoso. ¿Cómo era posible aquello? Ninguno de los habitantes del ventanal sabía nada de ese fenómeno, nunca habían visto algo semejante y deseaban saber qué ocurría con el sol. Mientras la respuesta no llegaba, todas las flores del ventanal disfrutaron con aquella visión.

A l
os pocos días pudieron comentar lo sucedido con un nuevo visitante. En esta ocasión se trataba de un pajarillo de cálidos colores; instalado en el ventanal de forma temporal, había llegado en una hermosa jaula dorada. Aunque sin saber muy bien por qué, a la rosa aquella jaula no terminaba de agradarle. El pajarillo fue quien relató lo sucedido, ya que lo había oído contar a uno de los árboles del parque, uno de los más ancianos, quien en su juventud había tenido oportunidad de observar otro fenómeno igual. Todos los habitantes del ventanal estaban deseosos de conocer lo que el pajarillo tenía que contarles, y éste les explicó la situación:
- “No se trata de que el sol se haya oscurecido, ni mucho menos.” -Dijo el pajarillo- “Lo único que ha ocurrido es que la luna, en su paseo a través del espacio, ha decidido detenerse a descansar, y lo ha hecho justo frente al sol; pero, como es tan pequeña, su silueta no ha podido cubrir al sol en su totalidad, por eso todos pudisteis ver su contorno.”

La rosa imaginó la conversación que habrían mantenido el sol y la luna en el momento en que se tuvieron frente a frente. Tanto tiempo se habían observado en la lejanía, tanto tiempo comunicándose a través de la luz, y por fin había llegado el momento de un encuentro más próximo. El sol y la luna. Aquella noche la rosa soñó en su amoroso encuentro del que ella había sido testigo.

Los días pasaban y la rosa seguía imaginando y observando la vida tras su ventanal. Con sus pétalos rozando el cristal intentaba alcanzar el contacto del aire, pero lo único que conseguía detectar eran los cambios de temperatura a través del ventanal.

- “Imagino lo que debe ser el aire.” -Decía la rosa. El clavel comprendía a la rosa, y le hablaba y hablaba del aire. A veces la rosa sentía miedo pensando el daño que podría hacer el viento a una frágil flor, pero el clavel eliminaba su temor y hablaba una y otra vez sobre la suavidad de la brisa.

Un día ocurrió algo que iba a producir un cambio radical en la vida de la rosa, si bien al principio no parecía que pudiera trascender hasta tal grado. Una piedra se introdujo en el balcón, produciendo un gran revuelo entre los habitantes del ventanal. La piedra había sido lanzada por alguien muy descuidado, produciendo una rotura en el cristal. La rosa, sin pensarlo ni un momento, se precipitó fuera, y, al hacerlo, el aire la recogió depositándola suavemente en el césped de un jardín cercano. Apenas podía creerlo, ¡había rozado al aire!

Entre los habitantes del balcón cundió el pánico, todos pensaban en la gran desgracia que había acontecido a su compañera, pero ¿qué podían hacer? ¿El mismo aire que se la había llevado la devolvería al balcón?

El clavel fue el primero en reaccionar. A través de la rotura hecha en el cristal, se dirigió a la rosa:

- “No te preocupes” -dijo-, “procuraremos abrir la jaula del pajarillo y él te devolverá a tu lugar.”

Ante la perplejidad de todos, la rosa respondió:

- “Clavel, tú que siempre me has comprendido y ayudado, ¿de verdad crees que el balcón es mi lugar?”

La rosa aspiró profundamente el aire que la acariciaba, y una inmensa alegría se apoderó de todo su cuerpo; y entonces, el clavel terminó por comprender.

lunes, 2 de junio de 2008

La Rosa y el Aire - Parte Primera


La rosa se destacaba por su bellísimo color; éste era inigualable, y la fragancia que despedía inundaba el balcón cerrado donde vivía; diríase que era la más hermosa de las florecidas aquella temporada.
Desde que abriera sus ojos a la vida, la rosa se pasaba las horas embelesada observando el fragmento de realidad q
ue le era accesible a través del cristal levantado para resguardarla, tanto a ella como a todas sus compañeras, de cualquier inclemencia del tiempo.
Así, podía ver cómo los rayos de sol inundaban con su fuerza la calle, traspasando incluso aquellos cerrados ventanales y haciendo sentir en su cuerpo un agradable calor que la llenaba de vida.
Por la noche, cuando el sol ocultaba su poderosa fuerza, la luna, llena de suavidad, acompañaba los pensamientos de la rosa. No sabía qué elegir, si los potentes rayos del sol, o la suavidad de la luna.
Desde su ventanal, la vida continuamente la asombraba. De repente, cuando más acostumbrada estaba al calor del sol, sintió cómo los cristales tan conocidos para ella se tornaban fríos; el sol parecía haberse oscurecido algo, y, al mirar a través de la ventana, pudo ver cómo las hojas de los árboles plantados en las aceras se movían al son..., ¿al son de qué?, se preguntó la rosa. Justo en aquel momento, una mano humana introdujo en el balcón una maceta que contenía otro tipo de flores. Todas las rosas dieron la bienvenida a sus nuevas vecinas, excepto una que estaba mirando interrogantemente a través de la ventana.
- “¿Qué te ocurre? ¿Es que has perdido tus modales? El hecho de que seas la más hermosa de las que estamos aquí ¿se te ha subido a la cabeza?”
El sonido de aquellas duras palabras hizo que la rosa volviera de sus pensamientos, y, muy dolida, contestó:
- “Perdonadme todas; yo no creo que sea la más hermosa, pues cada una de vosotras tiene una belleza de la que ni siquiera se da cuenta.”
Así era, en efecto; todas las rosas del ventanal eran preciosas, unas por su suavidad, otras por su color, otras por su fragancia, ¿quién podía dejar de apreciar aquello?
La humildad de la rosa produjo su efecto en las demás compañeras, y el enfado desapareció, pero la rosa consideró necesario explicar el porqué de su falta de educación y, dirigiéndose a los nuevos visitantes, dijo:
- “De todas formas, perdonadme; no me dí cuenta de vuestra llegada. Estaba preguntándome sobre algo que sucede fuera del ventanal, algo que no comprendo.”
- “Si nos dices qué es lo que te preocupa, quizá nosotros podamos ayudarte.” -Dijo uno de los claveles recién llegados.
La rosa contó cómo el sol se había oscurecido, y cómo las hojas de los árboles se desprendían de éstos, desplazándose como si fueran pájaros. El clavel comprendió la extrañeza de la rosa; ella nunca había salido del ventanal, allí mismo había nacido, y desconocía todo lo que pudiera suceder fuera de él. El clavel explicó cómo las hojas se mueven a través del viento que las traslada en un delicado baile de un lado a otro. También le dijo que el sol se había oscurecido momentáneamente, permitiendo el paso a unas nubes que, sin duda, en pocos segundos regarían aquella calle observada por la rosa.
Y así fue; cuando la rosa volvió su mirada al cristal pudo ver cómo por él resbalaban gran número de gotitas de agua. Aquel espectáculo le pareció algo maravilloso. Pero su asombro no paró ahí, pues, pasado muy poco tiempo, un estruendoso sonido proveniente del cielo se impuso sobre el suave rumor de la lluvia. Al principio la rosa se asustó, pero el clavel, tranquilizándola, le explicó lo que aquello significaba; la rosa asistía a su primera tormenta.