lunes, 15 de septiembre de 2008

LUCHAS Y BATALLAS - Parte II (Meditando con las Cartas de El Symbolon)

Para seguir con el tema que había propuesto sobre las luchas y las batallas, me gustaría comentar estas otras dos cartas de EL SYMBOLON.

En primer lugar me gustaría detenerme en la llamada EL CRUZADO. Y por supuesto lo que aparece en primer plano es un Cruzado en pleno ataque con un magnífico caballo al que guía. Al fondo una ciudad destruida por los incendios provocados por una dura controversia. Justo delante del caballo vemos la imagen de una flor y la pregunta que surge en mí es: ¿sobrevivirá la flor o será pisoteada sin piedad por los cascos del corcel?

Vamos a detenernos en esta carta y desentrañar alguna cosa que podría sugerirnos.


El Cruzado es alguien que tiene una fuerte convicción, y es tan fuerte que considera su deber no sólo dársela a conocer a los demás, sino obligarles a aceptarla. Y ahí está el error, en ese ejercicio agresivo de la autoridad, olvidando que quien nos dio el ser nos dió también la libertad para explorarlo y desarrollarlo.


Pareciera una persona a la que le mueve el ímpetu juvenil e idealista que se cree en la razón, por más que aún le queden muchos años para ir desentrañando las cosas. Es impulsivo y con buenos sentimientos, pero debería controlarlos mejor y no dejarse llevar por la cólera y la ofuscación. Debería fijarse en esa flor, y darse cuenta de que con su fuerte agresión, en vez de salvarla (como pretende) podría destruirla sin piedad. Mostrar el camino, sí; imponerlo, no.




La segunda carta podríamos llamarla PREVENCIÓN o IMPEDIMENTO.

Supongo que, al contemplar esta imagen, a más de uno le vendrá a la memoria la Leyenda del Rey Arturo, pero con la salvedad de que precisamente de lo que se trata es de que él no es el Rey Arturo. Según la leyenda, sólo aquél predestinado a ejercer un determinado puesto en un tiempo concreto y una geografía determinada podría extraer la espada de la roca en la que se encontraba. Muchos lo intentaron, pero sólo Arturo lo consiguió, y ¿por qué? ¿Porque era más fuerte y más listo que los demás? No, necesariamente; pero sí era su destino convertirse en la persona que logró ser.

Y ésa es la lección de esta carta. Nos hace pensar sobre si el desafío que estamos dispuestos a correr es algo que nos corresponde o no. A veces, uno desea solucionar cosas, conseguir determinadas metas, y se pone a la tarea, incluso sin que nadie se lo haya pedido. Esta carta nos advierte de que sólo lograremos vencer, en el caso de que sea una tarea que nos corresponde; en otro caso, lo mejor será retirarse y ceder el puesto a quien está predestinado para cumplir con tal papel.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

LUCHAS Y BATALLAS - Parte I (Meditando con las Cartas de El Symbolon)


Hoy iniciamos un tema consustancial con la vida: la lucha y la batalla. Y es que luchar por las cosas, batallar para alcanzar nuestra estrella parece una realidad. El problema es cuándo se lucha "contra" algo por deseo de dominio, por orgullo, etc.; y otra cosa es cuándo uno lucha "a favor de algo", lo que implica un esfuerzo para conseguir metas loables.

Las Cartas del Symbolon, de Peter Orban, Ingrid Zinnel y Thea Séller, ofrecen un buen número de ellas en las que se habla de ese instinto batallador del ser humano. Me he decidido por cuatro que considero muy interesantes. Dos las presento aquí mismo, y las otras dos se podrán consultar en la siguiente entrada.

La primera de la que voy a ocuparme es la que recibe el nombre de EL GUERRERO. Para quienes estén interesados en la Astrología, sólo decir que esta carta se identifica directamente con el signo astrológico de Aries, y el planeta Marte... para qué más, ¿no?.

La imagen nos muestra a un gerrero que parece entusiasmado, lleva una espada dispuesta a ser usada, y un escudo protector por si acaso. A lo lejos se ve una ciudad, podría ser la propia que ya ha abandonado y, que por tanto, el guerrero ya se ha adentrado en un camino que le llevará a algún sitio nuevo, un camino que está dispuesto a continuar pase lo que pase.

También podemos ver un soldado vencido que ha quedado en la cuneta. ¿Con quién te identificas tú? ¿Con la víctima o con el guerrero?

La carta nos habla del impulso emprendedor de quien está dispuesto a levantarse una y otra vez para alcanzar la meta. Se trata de alguien muy entusiasta que no le hace ascos a los peligros, y si hay que enfrentarse a ellos lo hace. Se trata de alguien que actúa. Pero no es alguien tan impulsivo que olvide la razón. Me gusta fijarme en esa cinta que adorna su cabeza, con una piedra justo en el chacra del entrecejo (el "tercer ojo"). Una persona así, medita, no sencillamente agrede, sino que muestra fuerza cuando se ve precisado a ello, pero no es pendenciero por naturaleza, sino luchador enérgico y razonable.

Algo que puede faltarle a esta segunda carta.

La segunda carta que he seleccinado es la que recibe el nombre de LA BATALLA. Aquí las cosas las veo un poquito distintas. Se trata de dos hombres enzarzados en una lucha. Los rostros nos dicen que les anima el odio en ese momento en concreto. ¿Por qué luchan? ¿Contra quién luchan: un amigo, un enemigo, contra sí mismos? Eso es lo que vamos a pensar ahora.

Y sí, existe un tipo de personalidad combativa que, en realidad, no conduce a ninguna parte a no ser a dejar escapar el propio enfado. Hay personas que inician discusiones que no llevan a ninguna parte, sabiéndolo desde el principio; incluso las provocan. ¿Por qué? Probablemente porque están enfadados. Creen estarlo con el mundo porque les ha tratado mal, pero, cuando uno escarba un poquito, suele aparecer una verdad mucho más simple pero más difícil de aceptar: el enfado es contra uno mismo.

A lo mejor esta carta podría hacerte pensar antes de iniciar una disputa: ¿de verdad vale la pena? ¿Sé identificar a mi verdadero enemigo? ¿Hay algo real, fuera de mi propio orgullo, que deba combatir? Es muy probable que la respuesta sincera a estas preguntas te haga tomar la acción correcta.

sábado, 6 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Tercera y última Parte





¡Cuántas desgracias! ¡Cuántos hombres muertos, lugares arrasados! Pero por fin aquel infierno parecía haber concluido y ahora había que empezar a intentar reconstruir las vidas de los que quedaron.

Doña Eulalia sigue con su velo negro de encaje, sus guantes, su rosario y su vestido gris. También continúa con ella Josefa, la muchacha que iba al mercado y que con la guerra fue una
de las pocas que ganó algo: un soldado y dos bolitas rosas que corretean alegremente por las desmanteladas habitaciones que doña Eulalia casi nunca pisó. El resto de la servidumbre se ha ido; la guerra ha sido dura y el dinero de su difunto marido no ha llegado para sostener el servicio; sólo le queda Josefa.

¿Y la iglesia? Ahí está, semiderruida, pero aún así don Guillermo sigue en ella. El párroco de Bemil empieza a tener arrugas en la cara y diríase que todavía está más delgado, pero sigue jugando en la taberna, compartiendo la vida con sus parroquianos, al menos, con los que quedan de ellos.

No suceden demasiados acontecimientos en el pueblo y lo poco que ocurre es mejor mantenerlo en secreto pues son muchas las rencillas, muchos los rencores y el miedo aconseja cerrar la boca a los hombres.

Parece que por fin ha dejado de llover y el sol asoma tímidamente a las ventanas de esta tierra. Se escucha un rumor de gentes que va haciéndose más y más fuerte, hasta que se apodera de la aldea. Vienen a buscar al párroco a la rectoría.

Al salir a la calle, don Guillermo encuentra un gran número de gitanos que le hacen subir a uno de los carromatos, donde, tumbado, se encuentra el anciano de otros tiempos, agonizante ahora.

- Como verá, padre, he cumplido mi promesa. El rey de los gitanos siempre cumple lo que dice".

El anciano no quiso entrar en la rectoría, pues ya que toda su vida la había pasado teniendo por techo al cielo, no quería cambiar en estos últimos momentos; y allí, en la oscuridad de la noche, rodeado de altos pinos, su alma de pronto se fue a reunir con las estrellas.

* * * * * * * *

Don Guillermo no comprendía el significado de las últimas palabras del gitano, pero pronto pudo darse cuenta de que lo que dijera aquel hombre no era nada que pudiera interpretarse como un símbolo, sino que era la pura verdad: aquel anciano había sido el REY DE LOS GITANOS.

En los días que siguieron al sepelio, Bemil se convirtió en el lugar donde convergían las más diversas tribus de gitanos: los gitanos del mundo entero hacia allí se dirigían; gitanos de los más
recónditos países, todos unidos por un mismo sentimiento.

A la iglesia semiderruida iban pasando los gitanos. Sus rezos ocupaban todo el día. El sacristán estaba asustado, casi no podía creerlo, desde que aquellos hombre y mujeres habían llegado al pueblo, los cepillos de la iglesia se llenaban con tanta frecuencia que debía vaciarlos varias veces al día. ¿Había ocurrido esto alguna vez, aún antes de la guerra? Con el tiempo se reconstruyó la iglesia con el dinero que los gitanos habían ido donando. ¡Quién lo hubiera
pensado! ¡Una iglesia reconstruida por los gitanos!

* * * * * * * *

Igual que el anciano, don Guillermo también cumplió; no sólo rezó una oración por su alma, sino que celebró varias misas pidiéndole a Dios, con humildad, que acogiera al gitano en Su casa. Quizá durante toda su vida, al celebrar la Santa Misa, don Guillermo siempre pensó en su amigo; y, cuando, le llegó la hora al párroco de Bemil, quién sabe si allá en el firmamento, un gitano viejo de ronca voz lo estaba esperando.


Nota: Esta historia, aunque novelada, es un tributo a alguien que realmente existió. En el cementerio que rodea la iglesia de Bemil, aún hoy puede verse la tumba de don Guillermo. Allí estuve hace años, y alguien del pueblo, al igual que ya lo hiciera antes mi padre, me corroboró la base de esta leyenda. La foto de don Guillermo está recortada de una foto de mi familia en la que él (y su hermana) aparecen en su juventud.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Segunda Parte (de tres)

- "¿Cómo es posible? ¡Este don Guillermo..! No es que yo ponga en duda que sea un buen sacerdote, pero, es que a veces tiene unas cosas..."

- "Ni que lo diga, doña Eulalia, ni que lo diga".

- "Pues vamos a tener gitanos para largo..."

Así hablaba la alta burguesía en la mansión de doña Eulalia. Hasta se invitó al mismísimo don Guillermo a una reunión para ver si era posible convencer al cura de la mala influencia que podía ejercer aquella banda de desarrapados en las buenas gentes del pueblo; ya los ánimos estaban bien revueltos ese invierno del 35, como para que encima les viniese otra carga más.

Pero no hubo forma, don Guillermo no cedía. Últimamente las homilías repetían frecuentemente el tema de la caridad cristiana.

Poco a poco, y ante el hecho consumado, los parroquianos fueron aceptando, unos de mayor y otros de menor grado, a esos intrusos. Las mujeres empezaron a ofrecer algunas ropas viejas a las gitanas para que cubriesen a sus churumbeles. Los hombres de la tribu se dedicaban a recoger trastos viejos que luego vendían por unas pocas perras, lo que les permitía ir tirando sin tener que renunciar a su deseo más vivo: la libertad.

Don Guillermo y el anciano se pasaban horas hablando, ¿de qué? ¡De tantas cosas! De la vida, de sus pequeños detalles. El anciano había visto mucho mundo y conocía muy bien a la gente. Conoció en el párroco a un buen hombre.

Pasaron los meses y llegó el momento de la partida.

 "Don Guillermo -dijo el anciano con su ronco acento-, usted ha sido el mejor hombre que he encontrado en mis ya muchos años de andadura, y, en este pueblo, hemos conseguido, gracias a usted, tener reposo. Les he dicho a los míos que el día que mis ojos quieran cerrarse para siempre, me traigan a morir aquí. ¿Querrá usted, entonces, rezar al Señor una oración por mi alma?"

¡Cómo no iba a rezar por él! Eso no hacía falta ni siquiera pedirlo.

La caravana partió y poco a poco el pueblo fue volviendo a su estado habitual.

Hasta que un día llegó algo mucho peor que los hombres nómadas. Llegaron las balas y las bombas: el estallido de la guerra.

CONTINUARÁ...

martes, 2 de septiembre de 2008

La Leyenda de Bemil - Primera Parte (de tres)

Aquel día había amanecido lloviendo cuando don Guillermo, el párroco del pueblo, salía corriendo para decir la primera Misa. Era un día de invierno en Bemil, pequeño pueblo de Pontevedra, con sus calles y casas de piedra por donde la lluvia iba penetrando año tras año.

Don Guillermo tenía prisa, pero aquel sacristán no se aclaraba. Ya las mujeres estaban en la iglesia; doña Eulalia, con su velo negro de encaje, su rosario de plata en las manos y aquel misal de piel que más de una envidiaba. Doña Eulalia no vestía de negro como las mujeres de la aldea; no, su color era el gris... ¡Hacía tan distinguido!

Aquel invierno del 35 estaba revuelto; había demasiados rumores. Los hombres hablaban de política más de la cuenta, mientras que las mujeres acudían como siempre a la iglesia... por tan diversas razones: unas, porque era lo que debía hacerse; otras, para pedir a Dios por sus hombres que habían partido más allá del inmenso océano que rodea las costas gallegas... ¡Había tanto por lo que pedir!

¡Pobre Galicia! ¡Pobres sus pueblos! Situada en un extremo de España, parecía que a nadie preocupaba su estado. Gracias que Dios había provisto bien aquella tierra y, aunque el dinero de las industrias nunca llegara a ella, a sus gentes no les faltaba comida pues sus tierras son fértiles y siempre verdes.

Las tierras gallegas están divididas en pequeñas parcelas debido a las distintas herencias que muchos dejaron a sus hijos. Son tan pequeñas que económicamente valen poco, pero, al menos, dan a sus habitantes la comida diaria. En sus tierras se dan las patatas, el maíz, los grelos..., diríase que todo puede cosecharse allí. ¡Hasta en la huerta de los Porriño se consiguieron plátanos!

Y empezó la Misa... Doña Eulalia, aunque es la mujer rica y noble del pueblo, no entiende latín; quizá sea por eso por lo que sigue rezando el Rosario, mientras el pobre don Guillermo se esfuerza en decir la Misa.

Luego, el trabajo. Hay que trabajar los campos. ¡Cuántas mujeres sostienen la azada en estas tierras! Tantos hombres se han ido a la Argentina que son ellas las que tienen que llevar el pan a sus hijos. Quizá sus maridos vuelvan un día cargados de dinero, como volvió Dionisio Daponte, del que dicen que “tragó la bolicha”. ¡Ha vuelto tan pomposo! Hasta su acento cambia cuando habla con los del pueblo pues eso parece que le da un gran prestigio. Vive en un inmenso pazo y le gusta contar a sus paisanos lo que él hacía en aquellas pampas, o, quizá, lo que él imagina que hacía.

La casa de doña Eulalia es tan grande que muchas de sus habitaciones no las pisa en mucho tiempo. Aunque es viuda, le ha quedado lo suficiente como para mantener a sus cuatro hijos y a todo el servicio. Le agrada ir a la compra con una de sus criadas; la pobre muchacha va acarreando los pesos y tiene que pararse aquí y allá mientras su señora habla con las otras damas importantes del pueblo; así, acompañada, los muchachos no se atreven a decirle nada y ni tan siquiera puede sisar algún que otro patacón.

Cuando don Guillermo termina sus ocupaciones en la iglesia, sale con su larga sotana negra a ponerse en contacto con las gentes del pueblo. Casi siempre se le ve jugando a las cartas o al dominó en la taberna, rodeado de paisanos y hablando sin ninguna afectación. Era un buen hombre el párroco de Bemil. Allí, en aquel pueblo, desarrollaba sus funciones lo mejor que podía y sabía, siendo querido y respetado por su gente, aunque nunca faltasen comentarios sobre su gusto por el juego en la taberna o sobre lo pobremente vestido que iba; pero, habando de esto, muchos pasaban el rato y era algo que no hacía mal a nadie pues, a la hora de la verdad, era a él a quien iban a pedirle la última Comunión, el Bautismo, el Matrimonio...

Don Guillermo era delgado, debido seguramente a la escasa alimentación que recibía. La hermana del párroco pasaba su vida haciendo números que lograran encajar las cuentas de la casa; la comida, por tanto, había de ser frugal a la fuerza. De vez en cuando, algunos buenos vecinos se acercaban a la rectoría con algún poco de caldo o con una empanada recién hecha, o bien con alguna trucha recién pescada. De todos modos, nunca se sabía cuándo iba a sobrar comida o cuándo no, ya que aquel cura era tan singular que continuamente llevaba a algún que otro invitado a su mesa, pensando quizá aquello de que Dios proveerá.

Mientras echaba su partida habitual, un incidente que llamó su atención se desarrollaba en la taberna. Farruco, el tabernero, intentaba echar de su establecimiento a un gitano de edad y a otros dos más jóvenes que lo acompañaban. Había un gran escándalo; los parroquianos, sin pensarlo dos veces, se pusieron de parte del tabernero ya que no querían gitanos en su pueblo, y el hecho de que hubieran entrado allí aquellos tres no podía significar otra cosa sino que una caravana de los de su raza había llegado a Bemil.

No se equivocaban aquellas gentes; en las afueras de la ladera, junto al río, acababan de acampar unas pocas familias de gitanos.

Don Guillermo, queriendo mantener la paz en el lugar, decidió dirigirse al anciano y con buenas palabras lo sacó a él y a los otros dos de allí, llevándolos a su humilde casa. ¡Qué habitación encontraron aquellos hombres! ¿Cómo podía ser posible tanta pobreza?

Don Guillermo pidió al anciano que todos sus compañeros se comportaran rectamente, sin hurtos ni riñas entre ellos, ni nada que pudiera escandalizar a sus fieles; a cambio, él se encargaría de que los ánimos volvieran a su cauce. Al hablar, lo hacía dirigiéndose al anciano ya que los otros dos gitanos parecían respetarlo profundamente y hacer caso de sus observaciones.

CONTINUARÁ...