martes, 18 de noviembre de 2008

LOS TRES CAMINOS - Primer Camino


El viento golpeaba con fuerza, lo que hacía difícil la buena sujeción del paraguas. Había decidido salir a dar un paseo en el preciso momento en que las nubes descargaban un enorme aguacero. En realidad la situación no debiera haberla tomado por sorpresa, de sobra sabía que llovía desde el día anterior; durante la noche, el sonido de la lluvia no había dejado de mecer sus sueños, sin embargo no estaba dispuesta a que aquella circunstancia estorbara su decisión.

Necesitaba ejercitarse; si permanecía un solo minuto más en la casa, terminaría por anquilosarse sin remedio. A pesar del temporal encaminó sus pasos hacia el parque que hacía los oficios de un pequeño bosque en plena ciudad. Imaginó que nadie sería tan loco como ella, ¿a qué aventurarse en un día tan desapacible como aquél? Se equivocaba. Un grupo de deportistas entrenaba como si de cualquier otro día se tratara. Quizá la lluvia no fuera tan fiera como ella creyera.

Decidió esquivar a la gente. Necesitaba soledad para poner sus pensamientos en orden. Últimamente la vida la había golpeado con fuerza; tanto, que más de una vez temió romperse; sin embargo, ahí estaba, caminando a pesar del viento y de la lluvia. Los concejales de su ciudad habían pensando que aquel parque precisaba caminos de asfalto que impidieran a quienes los transitaran en los días de invierno ser alcanzados por el barro; por tanto, el parque no representaba ningún peligro para los viandantes y, por supuesto, tampoco para ella.

Pero no todo era asfalto; gracias a Dios, algunos de los caminos que podían elegirse no contaban con semejante escudo, y fue hacia ellos donde dirigió sus pasos. Deseaba sentir la tierra bajo sus pies; estaba más que harta del duro asfalto de su ciudad y ansiaba un contacto verdadero con la naturaleza.

A ambos lados del camino unos árboles, fuertes y robustos, acompañaban su paseo, y ella decidió dirigirles también a ellos sus pensamientos. En el camino se habían ido formando múltiples charcos que podían ser detectados sin ninguna dificultad por cualquiera que se adentrara en la vereda; ella también los vio pero pensó que aquellas otras partes sobre las que el agua no podía verse ofrecerían buen cobijo para sus pies. No fue así, cuando adelantó su pierna y posó uno de su pies en aquel lugar pudo comprobar que todo estaba enlodado.

Cuando el terreno no resultaba resbaladizo, parecía que quisiera tragarse a quien lo hollara. Aun así, ella siguió caminando. Iba bien equipada con sus nuevas botas de agua. Siguió y siguió avanzando.

Contrariamente a lo que había imaginado, el camino se hacía más y más difícil, y llegó un momento en que dudó sobre las posibilidades de alcanzar con éxito la carretera de asfalto que podía vislumbrar a lo lejos, demasiado lejos. Un instante de miedo hizo que volviera su rostro hacia el principio del enlodado camino; quizá fuera mejor retroceder, casi podría asegurar que las cosas cada vez iban a complicarse más y que, por mucho que lo intentara, no alcanzaría su meta. Había sido una tontería meterse por aquel lodazal; ningún ser con un mínimo de cordura lo habría hecho. ¡Pero deseaba tanto sentir la tierra!

La mirada hacia atrás le reveló que tantas posibilidades tenía de retornar como de seguir avanzando, y decidió lo segundo. A pesar de todo continuaría; si nuevas complicaciones surgían en aquel trayecto, las sortearía como pudiera. Por otra parte, ¿qué era lo peor que podía ocurrirle? Si se caía, ya estaba preparada para el golpe, así que éste, con un poco de suerte, resultaría poco dañino. No, sólo quedaba una solución: avanzar, seguir avanzando; las cosas no podían ser tan malas. Claro que cuando dirigía su mirada hacia delante, tenía que admitir que todavía le quedaba un largo trecho y que no estaba en absoluto segura de lograr vencerlo con éxito. Sólo tenía un medio de afrontar aquella dificultad, ir despacio, midiendo sus pasos, reconociendo cuidadosamente el terreno. Aquella atención apenas le dejaba tiempo para otra cosa más. Ya ni siquiera podía ver el camino de asfalto a lo lejos, sólo le quedaba la lucha que enfrentaba ante el que tenía ante sí.

Y, de repente, allí estaba, lo había conseguido. Sus pies pisaban terreno duro. Lo había logrado. Entonces lo hizo. Sobre la seguridad del nuevo terreno miró hacia el que acababa de atravesar. Nadie hubiera dicho que fuera tan pequeño, pero mientras estaba dentro le había parecido inmenso. Igual que sus problemas. La vida la había llevado por un camino lleno de pruebas del que no podía ver la salida, pero el paseo le había enseñado algo, ni las pruebas eran tan duras ni el camino era tan largo. Se dio cuenta de que mientras estuviera dentro de él sólo le quedaba tomar la resolución que había tomado aquella tarde: proseguir, con cuidado, con ánimo, proseguir.

CONTINUARÁ...

viernes, 14 de noviembre de 2008

LA TEMPLANZA (Rider Waite) y LA INTEGRACIÓN (Osho Zen): Meditando con las Cartas del Tarot

El Arcano número XIV en el Tarot Rider Waite recibe el nombre de LA TEMPLANZA, y qué duda cabe que su imagen es muchísimo más reconfortante que el número que le antecede.


Si vemos el recorrido de los diferentes Arcanos Mayores, desde el número 0 hasta el XXI, podríamos considerarlo como el progreso del ser humano, y por tanto, empieza sin complicaciones, pero, a medida que transcurre el tiempo, van apareciendo muchos aspectos que hay que ir integrando. Y, precisamente Osho, en su Tarot Zen, llama a esta carta INTEGRACIÓN.

En la baraja Rider Waite, se nos muestra la figura de un ángel con sus alas abiertas, un hermoso halo, y una luz en lo que podríamos imaginar como alusión al famoso tercer ojo. En su corazón lleva un triángulo como símbolo de unión entre lo material y lo espiritual; una tarea acometida por los ángeles que nos comunican los mensajes del Cielo.

El ángel porta en sus manos dos copas, y vierte el líquido sanador y purificador de una copa en la otra. Trae la curación del cielo a la tierra. Se trata del Ángel Sanador que cura cualquier quiebra, ya sea debido a una mala salud física como a una mental o espiritual.

Esta carta nos habla de armonía y de curación. Si nos fijamos en sus pies, vemos que uno se introduce en el agua, mientras el otro se apoya en la tierra; es decir, el ángel sabe asentarse sobre los dos elementos y los armoniza dedicándoles un tiempo y una paciencia amorosa. El agua, en el Tarot, simboliza las emociones; y la tierra nos habla del elemento pragmático donde nos apoyamos. A veces luchamos encarnizadamente entre estos dos elementos, sin darnos cuenta de lo mucho que contribuyen el uno en el otro como amigos, en lugar de enemigos.

El ángel nos trae esa paz sanadora, sin prisas y sin pausas. La armonía como fuente en la que debe sustentarse la vida.

Ma Deva Padma, en el Tarot Zen de Osho nos lo recuerda con sus diseños para reflejar esta INTEGRACIÓN.

El ser humano vive en una dualidad que tiene que comprender y ajustar. Al fin y al cabo ¿qué es la enfermedad sino la quiebra de la armonía? El Arcano número XIV, nos habla de una sanación que puede darse a través del restablecimiento de la armonía. El Ángel Sanador que veíamos en los diseños Rider Waite, y ahora en éste de Ma Deva Padma.

Diferentes símbolos nos hablan de esa integración que es necesario alcanzar, como vemos en esa hermosa piedra preciosa que brilla mostrando todos los colores del espectro luminoso.

La figura lleva en sus manos el símbolo del yin y el yang, como unión de los opuestos. El lado que representa el yin, sostiene un puntito del yang en sí mismo, y viceversa. Ahí está el equilibrio. El sol y la luna no son tan opuestos como parece; al fin y al cabo la luna se nutre de la luz del sol, y el sol puede, con la pequeña ayuda de la luna, reflejarse sobre la Tierra. El águila como símbolo del poder y la fortaleza, puede encontrar su punto de unión con el cisne, como símbolo de la pureza. La serpiente enroscada, símbolo de curación, de la muerte y la resurrección a través de sus mudas y de su enroscamiento en un ciclo sin fin.

Integrar en vez de oponer. Ésa es la lección.


martes, 11 de noviembre de 2008

La Soledad



La soledad no consiste en no tener a nadie con quien hablar,
la soledad es, más bien, no tener a nadie en quien confiar.


viernes, 7 de noviembre de 2008

"Déjà-vu"


Cuando yo tenía unos diez años, en una ocasión nuestros padres nos regalaron a mi hermana y a mí un juego llamado "Las Estrellas Chinas", se trataba de un tablero con unas fichas y que se desarrollaba de una forma parecida a las "Damas".

Al poco tiempo unos amigos de mis padres vinieron a verles y trajeron a sus hijas con ellos. Lógicamente, allí sacamos nuestro flamante tablero de Estrellas Chinas y nos pusimos a jugar.

Entonces sucedió algo que nunca pude olvidar. En un momento del juego, me di cuenta con una claridad rotunda de que aquella misma imagen con todas alrededor del tablero y realizando unos movimientos determinados ya la había visto yo. Incluso al mover una de las fichas, sabía que no era una buena jugada, pero algo me impedía rectificar. Las miré a todas, miré el tablero, miré las fichas, y cada vez tenía más y más claro que todo aquello, en aquella misma disposición, yo ya lo había vivido.

Me quedé muy pensativa y traté de hallar una respuesta que me aclarara una experiencia tan singular. La que me vino de manera lógica fue que seguramente confundía lo que habíamos vivido aquella tarde con otro acontecimiento anterior. Pero cuando analicé todo más detenidamente, me di cuenta de que eso era imposible:

1.- El juego no lo teníamos antes; nos lo acababan de regalar.
2.- Las niñas que habían venido, no eran una visita habitual, y no habían tenido la oportunidad de conocer este tablero previamente.

La sensación que experimenté me acompañó mucho tiempo. Con los años supe que aquella experiencia tenía un nombre: "Déjà Vu" (lo ya visto antes). Y muchas personas hablaban de experiencias similares: las visitas a determinados lugares por primera vez y experimentar la sensación clara de conocerlos y haber estado allí antes son un ejemplo muy común.

Para este fenómeno se han buscado multitud de respuestas; incluso hay quienes más o menos vienen a decir que se trata de comparaciones y recreaciones de otros acontecimientos similares. Yo no puedo estar de acuerdo con esta explicación porque mi vivencia lo desmiente; sé muy bien lo que experimenté y no había posibilidad de comparación posible.

Entre las diversas explicaciones, yo me quedo con una que me parece ciertamente acogedora y aclaratoria. Algunos dicen (Brian Weiss es uno de ellos) que se trata de una confirmación de que estás siguiendo el camino destinado para ti. Desde entonces, estas experiencias tienen para mí una sensación de tranquilidad en vez de turbación, pues me confirman que, al menos, algo estoy haciendo bien; y eso, en determinados momentos, cuando la duda nos cerca y nos sentimos abatidos, es algo muy pero que muy de agradecer.

martes, 4 de noviembre de 2008

El Arcano XIII: La Muerte (Rider) y La Transformación (Osho).- Meditando con las Cartas del Tarot

Hoy vamos a hablar de una de esas cartas que normalmente echan para atrás. Se trata del Arcano Número XIII, cuyo sólo nombre o imagen provoca todo tipo de terror.

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ría señalar que el miedo que inspira no está totalmente justificado, pues no se trata de la muerte física, aquello a lo que todos temen cuando aparece en una consulta. Se trata de un final, eso sí; de un final bastante definitivo en el que algo se abandona para comenzar nuevamente en otra dirección. ¿Esto es malo? ¿Es bueno? Pues todo depende de a qué final esté haciendo referencia esta carta. Si se anuncia el final de un trabajo en el que alguien no acaba de encajar ni de sentirse a gusto, es algo para felicitarse. Si se trata de alguien que hasta el momento ha transitado por la vida dando tumbos de aquí para allá y sin encontrarse; la Carta número XIII podría indicarle que por fin está en el camino de la madurez, dejando atrás sus dudas y sus vacilaciones.

La Muerte anuncia un final; un final hasta cierto punto definitivo, pero algo termina para dar paso a otra cosa nueva. En realidad podríamos considerarla como el anuncio de una transición. Algo semejante a la Rueda de la Fortuna, pues también indica un cambio; pero quizá más drástico y rotundo.

De cualquier manera, parece algo generalizado el hecho de que los finales, aunque sean positivos y necesarios, no acaban de gustar porque inspiran temor. Al fin y al cabo, mal que bien, uno termina por acostumbrarse a sus circunstancias y no le acaba de convencer el hecho de tener que zanjarlas. En esta carta, eso queda muy bien reflejado; ante la imagen de la Muerte galopando en su caballo, unos se aterran, otros se someten, etc., etc. Terminar el colegio, para muchos es una tragedia porque tienen que abandonar a sus amigos y empezar en un nuevo lugar del que todavía no conocen nada; pero ¿seguirían disfrutando de la vida de colegial una vez cumplidos los 50 años?; ¡seguro que no!

Osho nos muestra una visión más positiva en su interpretación para este Arcano. El nombre ya lo dice todo: LA TRANSFORMACIÓN.

En las cartas de Osho, diseñadas por Ma Deva Padma, vemos una figura sentada sobre algo que parece una flor. Si miramos más detenidamente, veremos una cabeza tumbada sobre la flor. Esa flor podría ser un loto, ya que nace en el fango pero se convierte en pura belleza iluminada.

La figura que está sentada, podemos ver que cuenta con múltiples brazos, con los que sostiene diversos elementos simbólicos. El mismo Osho nos dice que la espada es un utensilio que sirve para cortar lo falso, lo ilusorio. En otra de sus manos, la figura lleva una serpiente que, aunque en nuestra cultura suele estar mal vista, hemos olvidado un significado importante de la misma: es símbolo de rejuvenecimiento a través de sus cambios de piel. En otra de sus manos lleva una cadena, como símbolo de las ataduras que se abandonan. También sostiene el símbolo que ya resulta muy familiar del yin y el yang, como la unión de los opuestos; la unión de lo complementario. La flor, como una nueva vida radiante y esplendorosa. Y por último, el hermoso Ave Fénix que renace de sus cenizas más fuerte y vigoroso.

Para transformarse, uno debe dejarse ir, dejar que algo termine para renacer. Me gustaría terminar con estas frases de Osho: "La transformación viene como la muerte, a su propio tiempo. Y, como la muerte, te toma de una dimensión a la siguiente".