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lunes, 14 de abril de 2014

La Providencia es Dios en acción


¡Ayúdanos, Señor!
¡Te necesitamos tanto!


* Esta figura tan hermosa se encuentra en el Cerro de los Ángeles, Getafe, Madrid

La Semana Santa nos confronta ante los problemas del Calvario y su superación con la Resurreción. Me gustaría compartir con vosotros un texto de Vicente Ferrer Moncho, en su libro El Encuentro con la realidad, que me parece muy ilustrativo para comprender el camino del dolor y su superación. Aquí os lo dejo.

"Así que queda demostrado que bajo la identidad de la Providencia, Dios interviene en el desarrollo y el desenlace de nuestras vidas. Él es un actor más en el mundo, un actor muy especial que actúa para que todo salga bien, si no hoy, mañana, pues todo tiene su proceso. Sólo que tenemos que abrir bien los ojos porque tal vez ni siquiera nos demos cuenta de este hecho".
"LLegados a este punto, muchos se alzarán ante esta afirmación, especialmente aquellos que sufren; aquellos que en lugar de ayudados, se sienten fastidiados, "dejados de la mano de Dios"; aquellos que se sienten perdedores. Estas personas tienen derecho a quejarse. Tienen toda la razón".
"Pero no nos podemos quedar atascados aquí. La solución no está en negar a Dios, porque haciéndolo así nos quedamos con las bofetadas, y sin Dios. Es demasiado doloroso. Hay que dar un paso más. Se hace necesaria una visión más profunda. Tenemos que hacer un esfuerzo especial para inclinarnos por lo positivo, y pensar que con el tiempo seremos capaces de ver que todo ha salido bien. El largo plazo nos demostrará que aquello que en un momento nos pareció catastrófico, al final resultó beneficioso para nuestras vidas. Como aquel que llega tarde al aeropuerto, pierde el avión, y se enoja enormemente, y piensa: que "vaya mala suerte, Dios no me ha ayudado". Y al poco, se entera de que el avión se ha estrellado y ha salvado su vida... Algunos sucesos son más evidentes que otros, pero seguro que todos tienen su razón de ser".
(...)
"Si miro hacia atrás en nuestras historia veo claramente cómo las intervenciones de la Providencia a lo largo de estos años en las situaciones extremadamente críticas en que todo parecía venirse abajo, muestran una cadena sin interrupción de acontecimientos que siguen un patrón que me llama simpre la atención. Parece como si el proceso de muerte y resurrección de Jesucrito fuera un modelo que se repite en nuestras vidas. En la vida de Jesuscristo, la muerte anunciaba la Resurrección, el triunfo de la vida. Similarmente, aquí en Anantapur nosotros hemos estado inmersos en un ciclo continuo de adversidades y éxitos, simbolizados por la muerte y la Resurrección espirituales. Tras la "Resurrección" hemos salido adelante más seguros de nosotros mismos y de nuestro trabajo, y han surgido mayores oportunidades para continuar haciendo el bien. Las grandes dificultades han sido siempre un aviso de que el próximo paso sería una aventura más prometedora que la anterior".
(...)
"NO ESTAMOS SOLOS".
 Vicente Ferrer, El encuentro con la realidad

Para más información sobre Vicente Ferrer:

Fundación Vicente Ferrer

Película "Vicente Ferrer"




martes, 24 de diciembre de 2013

Navidad


Jesús ha nacido, del cielo bajó
la estrella que brilla más fuerte que el sol.
Señor, Niño Dios, déjame por favor,
tenerte en mis brazos sedientos de amor.

La aurora ilumina mi noche de amor,
la calma penetra mi angustia y temor.
Señor, Niño Dios, nace en mi corazón,
alumbra mi vida con tu Redención.

María me enseña su dulce canción,
que alegra al Niñito que viene de Dios.
Sus ojos me lanzan destellos de sol,
Su risa me invade con Su tierno Amor.


miércoles, 27 de marzo de 2013

Encontrar al resucitado





Los discípulos regresaron a casa. María, en cambio, se quedó allí, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
Los ángeles le preguntaron:

- Mujer,  ¿por qué lloras?

Ella contestó:

- Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Dicho esto, se volvió hacia atrás y entonces vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó:

- Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?

Ella, creyendo que era el jardinero, le contestó:

 - Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo.

Entonces, Jesús la llamó por su nombre:

- ¡María!

Ella se acercó a Él y exclamó en arameo:

- ¡Rabboni!

(que quiere decir Maestro)

Jesús le dijo:

- No me retengas más, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, vete y dile a mis hermanos que voy a mi Padre que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios.

María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anunció:

- ¡He visto al Señor!.

Y les contó lo que Jesús le había dicho.


Jn 20, 10-22


Hoy por fin lo entendí.  Antes de encontrarnos con el Resucitado, nos sentimos solos y entonces comenzamos a llorar. No entendemos las voces de quienes nos animan, de quienes quieren saber la causa de nuestra tristeza, de quienes probablemente tienen ya una respuesta pero que no nos vale de todo porque la respuesta ha de ser totalmente personal. Y es entonces, en el llanto desconsolado, cuando Él nos tiende su mano, pero no para que lo poseamos, sino para que, impregnados de su aliento de vida, lo llevemos a otros que también lloran  y que, en algún momento, tendrán su propio encuentro personal con el Resucitado.


domingo, 3 de febrero de 2013

El Buen Pastor - La respuesta




Crees que no cuido de las ovejas porque no tienes suficiente confianza en Mí; pero claro que las cuido además de dejarlas vivir. Incluso permito que alguna de mis ovejas revoltosas se aleje de mí y explore caminos diferentes, y yo las contemplo y espero. Sé que a veces, algún lobo surge en su camino y puede hacerles tanto daño que incluso puede provocarles la muerte. ¿Por qué crees que lo permito? ¿No sabes aún que tengo el poder de resucitarla? ¿Todavía sigues dudando? Te aseguro que todo lo que dije es cierto. No lo olvides: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así no os lo diría". Me ha sido concedido el poder sobre la vida, y puedo revivir incluso lo ya muerto. ¡No sigas penando y confía! ¿Por qué sigues sin creer en Mí, si yo os sigo amando?



lunes, 24 de diciembre de 2012

La atención de Jesús

Jesús nos dijo que nuestro Padre ve en lo secreto y nos dio muestras de ello con su propio ejemplo.

Muchas son las cosas que me llaman la atención de los relatos sobre Jesús, y una de ellas es la mirada que ponía en seres aparentemente insiginficantes, o bien que intentaban pasar desapercibidos o que sencillamente no podían ni imaginar que sobre ellos estaba la atenta mirada del amable Jesucristo.

¿En quién se fija Jesús? ¡En todos! Pone su atención en alguien que nadie ha visto, o incluso diría más, en alguien que los demás desprecian por su insignificancia; por ejemplo, la viuda pobre que echa una mínima moneda para el templo, pero una gran moneda para ella por su falta de presupuesto. Y no sólo la mira sino que la pone de ejemplo para que sus seguidores aprendan a valorarlo todo.

Se fija también en Natanael cuando estaba bajo una higuera. Los Evangelios nos cuentan cómo el apostol Felipe anima a Natanael a segur a Jesús y cómo tras manifestar sus dudas éste decide presentarse ante Jesús. Y así recibió Jesús a Natanael, causando en éste una gran sorpesa:

Cuando Jesús vio a Natanael, que venía hacia Él, comentó: "Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna".
Natanael le preguntó: "¿De qué me conoces?".
Jesús le respondió: "Antes de que Felipe te llamara, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera".
 Jn, 1, 47-48


Natanael no esperaba aquel recibimiento. Sin duda se sorprendió ante las palabras que le dirigió Jesús, pues no podía ser consciente de que lo hubiera visto mucho antes de que él decidiera presentarse ante aquel ser del que se empezaban a contar maravillas.

Jesús pone siempre la mirada en alguien que para los demás pasa totalmente desapercibido, pero nunca para Él. Sabe de la mujer que padecía una enfermedad que la mantenía impura cuando tocó su manto en espera de ser curada; conoce la vida de la samaritana del pozo de Siquem sin que ellas tenga que contarle nada; nos conoce a todos en todos los momentos de nuestra vida.

Jesús, ahora que celebramos tu venida, por favor, haz que no nos olvidemos de tu constante atención y presencia.



lunes, 9 de abril de 2012

La lluvia y la Semana Santa

Ya de vuelta de las vacaciones, me gustaría traer a la reflexión algo que ha sucedido en ellas. 

Llevamos mucho tiempo arrastrando una sequia que hace que, incluso aquellos que menos gustan de este fenómeno, lleguen a anhelarlo. Daba pena ver los campos secos y las cosechas perdidas, por no hablar de esa escasez de agua que afecta incluso al propio ánimo. Y entonces llega la época de Semana Santa; un tiempo en el que muchos desean disfrutar de unas vacaciones al sol e incluso dándose algún que otro chapuzón en la playa. También los hay que, siguiendo la tradición, esperan con ilusión ver salir el paso de Semana Santa de su devoción en las diversas procesiones que se celebran por toda España. Y ¿qué ocurre entonces? ¡Que llueve!

Por fin, tras meses de sequía, el cielo descarga agua por aquí y por allá, sin tener en cuenta la fiesta de muchos.... O quizá precisamente por eso. Sí, porque me pregunto si acaso no habremos sabido ver las bendiciones que aportó esta anhelada lluvia y nos quedamos sólo en los obstáculos para nuestra felicidad momentánea. Es verdad que si no hubiera llovido, quienes buscaron playa habrían disfrutado de muchos mejores baños de lo que realmente sucedió; también es cierto que sin lluvia muchas procesiones no se hubieran anulado y los lloros de muchos cofrades no habrían existido (al menos por esa razón, dando paso únicamente a los provocados por la emoción). Pero, ¿qué ocurre? ¿Estamos tan ciegos que preferimos sacrificar un beneficio a la larga por un placer momentáneo?

Creo que no supimos ver la bendición del cielo en forma de agua, y me pregunto si no sucederá eso mismo con la muerte de Cristo, que nos quedamos en el drama y no sabemos trascender sobre los beneficios; que nos quedamos en la Pasión y no sabemos contemplar y vivir la Resurrección. ¿No será hora de que aprendamos a hacerlo? ¿No aprenderemos nunca a desprendernos de la tristeza y de la queja del momento para vivir la plenitud de la vida bendecida por Dios?


miércoles, 28 de marzo de 2012

Los defensores de Jesús


Me llama la atención que en un mundo cristiano que pone en tela de juicio a Jesús, confundiendo a la persona con sus supuestos seguidores, sean diversos intelectuales de otras culturas los que parezcan empeñados en colocarlo en el lugar que se merece. Uno de estos autores es Deepak Chopra, médico y escritor indio de reconocido prestigio, no exento de polémica, pero eso es algo lógico ante cualquier personaje que suscite interés.

En su libro, El Tercer Jesús,  Chopra nos ayuda a reflexionar sobre la figura de Jesús y su aportación al mundo terrenal y espiritual, partiendo, por supuesto, de sus ideas orientales. No es que comparta en su totalidad el pensamiento de este autor y la forma de entender frases de Jesús, pero sí me emociona y me alegra que valore el encuentro personal con esas ideas, en vez del puramente dogmático, y que anime al lector a promover ese encuentro. ¿Qué puede estar diciéndonos a cada uno de nosotros aquellas frases pronunciadas hace más de dos mil años y que, sin embargo, no han perdido actualidad?

Son muchos los que no se acercarían a unas Evangelios que consideran lectura exclusiva para un determinado sector de la población, y que, sin embargo, sí están dispuestos a leerlo bajo otras denominaciones. Me parece una buena opción. Por supuesto, soy una enamorada del conocimiento, y, por tanto, creo que lo mejor sería imbuirse de una cultura que nos permita leer, por ejemplo, ambos libros, para poder extraer nuestras propias conclusiones; pero sea cual sea la decisión personal de cada uno, agradezco que personas aparentemente alejadas del Cristianismo lo den a conocer de una manera tan respetuosa.

Me gustaría citar un pequeñísimo extracto de este libro, que precisamente ando leyendo ahora. Creo que el autor ha estado muy acertado en estas explicaciones, como digo, fuera del dogmatismo y centrándonos en la problemática del hombre y su relación con la Divinidad.

Dice Deepak Chopra a propósito de la oración:

Opino que Jesús valora la oración como proceso de crecimiento interno. No dice que en lugar de confiar en Dios de manera implícita, debamos rezarle. Pero si entendemos a Jesús como un maestro de la iluminación, la oración sirve a ese propósito. Cuando rezamos a un Dios omnisciente, unimos nuestra conciencia a la conciencia pura. Esta conexión se vuelve más intema a medida que se progresa por el camino.
Al principio puedes ofrecerle amor a Dios porque sientes un amor genuino por Él, o quizá porque sabes que las oraciones deben contener amor. Ese amor menguará, como ocurre con cualquier relación, pero con el tiempo, ese amor se vuelve más profundo y revela misterios que antes no contemplabas. La oración es una manera de mantener vivo este proceso y monitorizarlo a medida que pasa.
Cuando nos expresamos en una relación, queremos obtener respuesta. El silencio implica que la relación está bloqueada; el silencio constante implica que la relación ha terminado. Por tanto, la oración también es un modo de comprobar, si Dios está escuchando, si tu relación con el espíritu sigue viva.
Añado yo. Sé que Dios está escuchando aunque a veces no seamos capaces de oírlo. ¿Estamos dispuestos a hacerlo? ¿Estamos dispuestos a entenderlo no sólo con el lenguaje sino con multitud de señales en forma de amigos, ayudas, supuestos enemigos? Dios habla de forma misteriosa, ¿sabemos dirigirnos a Él y hacerlo parte de nuestra vida? Porque, nos pongamos como nos pongamos, querámoslo o no... Él forma parte de nuestra vida pues es nuestro Creador.

¡Que esta Semana Santa nos traiga la Paz y el Amor que tanto predicó quien hubo de someterse hasta la muerte y luego resucitó: Jesús!

domingo, 17 de abril de 2011

El manso pollino

Por fin asistía a su entrada triunfal. Al principio, no me percaté de la sencillez buscada por él; para entrar en Jerusalén, se había montado sobre un sencillo pollino. De aquella manera, no podía resultar triunfante, pero a mí no me importó porque los niños lanzaban a su paso todo tipo de ramas y guirnaldas.

El bullicio aumentaba por momentos, y Jesús a todos miraba. Era el rey de Israel, así lo proclamaban muchas voces; pero entonces, cuanto mayor era mi orgullo por lo que sucedía ante mí, escuché las voces de los que se burlaban. Les parecía un espectáculo patético pues veían la estatura del pollino y se burlaban del supuesto rey que lo montaba.

No había entrado en un majestuoso caballo como hiceran los romanos; no, el espectáculo mostrado a las muchedumbres resultaba bochornoso para los que alzaban sus críticas; se sentían ridículos presentando a un hombre grande sobre semejante jumento.

Las palabras me hirieron como cuchillos, pues en el fondo intuí que tenían razón. ¿Por qué Jesús se prestaba a tal escarnio? En todos los estamentos sociales tenía hombres que lo reverenciaban, incluso en el de los poderosos, ¿por qué no hacía uso de aquellas posibles influencias y había solicitado un medio más digno?

Sin embargo, estoy segura de que Jesús actuó con plena conciencia; quería enseñar la verdadera importancia de las cosas; quería mostrar a quienes optaran por seguirlo que había que saber agradecer las loas de los demás pero hacerse consciente de que éstas pueden trocarse en burlas; quería mostrar lo humilde, lo indigno, así como sus contrarios. 

Él sabía que muchos de los que en aquel momento lo aclamaban, en pocos días lo abuchearían e incluso pedirían su muerte. No importaba; sólo la verdad, la sinceridad era lo que importaba. 

Me hice sorda a las burlas; yo era amiga de aquel hombre que mostraba a todos lo más verdadero del ser humano y lo más grande del ser divino.

Muchos lo buscaron para tenerlo en sus casas, querían agasajarlo al tiempo que se agasajaban ellos mismos. Tampoco eso importaba, Él supo así recibirlo. Porque Él conocía y estaba dispuesto a enseñar a los  hombres lo importante de la vida. No importaba el tiempo que llevara, ni el consiguiente sufrimiento; Él sabía que al final la luz llegaría para todos; Él sabía que su esfuerzo daría resultado con el tiempo. Por eso miró a todos y siguió avanzando hacia la Luz Divina.

sábado, 19 de marzo de 2011

San José

En el año 2008 publiqué una entrada dedicada a San José, que hoy, aprovechando su celebración, decido volver a traer a esta página para meditar una vez más sobre esta interesente y amable figura.

La Iniciativa en San José

Ya en mi juventud me gustaba la figura de San José. Y a él he acudido varias veces en ayuda; que, por cierto, me brindó. Es alguien a quien quiero mucho y por eso hoy me gustaría hablar algo de él.

Para mí San José es, entre otras muchas cosas, un gran maestro de fe, de acción y de propia iniciativa.

¿Por qué? Tal y como se nos habla de él en los Evangelios, parece que nos encontramos con alguien al que le suceden cosas que no acaba de entender y para las que busca explicación. Una vez valoradas las cosas se pone en acción; es decir, no reacciona sino que actúa.

En primer lugar, descubre que la mujer que va a ser su esposa está esperando un hijo, y él, después de mucho meditar, lo acepta. ¿Lo acepta por fe? Yo diría mucho más, lo acepta por amor: amor muy grande, amor a María, amor a quien viene, amor a la vida. No se opone. Es precisamente cuando busca una salida a esta difícil situación cuando, en sueños, se le explica que no debe temer ni sospechar de María, que lo concebido en ella es fruto del Espíritu Santo. Y lo acepta.

Probablemente, el matrimonio haya tenido que vivir bajo sospecha, pues los vecinos albergarían ciertas dudas; pero él continúa con el compromiso adquirido. Y salva a su hijo y a su mujer cuando ha de hacerlo.

Se nos dice que hubo de huir. No debió de ser fácil tener que buscar nuevos caminos, pero lo hace. Y cuando, una vez más, en sueños se le indica que puede regresar, acepta el consejo, pero (y eso es lo que llama poderosamente mi atención) lo pone en práctica una vez añadida su propia iniciativa. Decide dónde desea él establecerse; y confía en que su criterio será bien recibido por el Cielo.

San José, además de dejarse guiar, en mi opinión también aporta su propia iniciativa. Con el máximo respeto al cielo y a la tierra. Al fin y al cabo, si Dios lo había creado, parece lógico que San José también pensara que le había otorgado, asimismo, herramientas de raciocinio más que válidas para ponderar las cosas y ponerlas por obra.

Y Dios le ayudó. Muy probablemente porque, como dice el Evangelio, era bueno y honraba a su Creador creyendo en los dones que Él mismo le había otorgado.

Me gusta mucho San José. Es un hombre con dudas, que se hace preguntas, pero que, por encima de todo, busca el bien y actúa en consecuencia. Sin duda, tiene mucho que enseñarnos, y a mí me gusta aprender.

martes, 23 de noviembre de 2010

¿Sacerdocio de Jesús?

Cuando leo sobre Jesús, observo algo (entre otras muchas cosas) que me llama la atención: nadie dice de Él que sea un sacerdote, sino un Maestro.

Mis conocimientos sobre el mundo judío (y mucho menos sobre la ortodoxia de la época en la que vivió Jesús) no me permiten entablar un debate abierto, pero por lo que veo (teniendo en cuenta otros estudios) Jesús entraba en las sinagogas, oraba y explicaba; pero en ningún momento se hace mención sobre su pertenencia a la clase sacerdotal.

Curiosamente la religión que ha surgido tras la muerte de Jesús ha ido dando preponderancia a la casta sacerdotal como una seguidora fiel de Jesús, precisamente cuando el propio Jesús no lo fue.

El sacerdote, desde tiempos históricos y en prácticamente todo tipo de religión, parece ser alguien que servía de intermediario entre Dios y los hombres. Los sacerdotes practicaban rituales aprendidos durante generaciones y que los demás no conocian ya fuera por no considerarse dignos de tal tarea, por desconocimiento o por desidia, delegando en otros dicha práctica. Además esos rituales, por ejemplo en Egipto, parecían ser exclusivos de la realeza, y los sacerdotes lo ejercían en nombre del rey por imposibilidad física de éste.

A mi me parece que, entre otras muchas cosas, Jesús nos enseñó que podíamos establecer un contacto directo y sincero con nuestro Padre (así llamaba Él al Creador).

¿Quiere esto decir que la labor del sacerdote entonces estaría invalidada? Creo que no necesariamente. El sacerdote es alguien que pasa muchos años preparándose, estudiando concienzudamente muchas cosas que los demás no tienen tiempo o interés para estudiarlas, y por tanto puede ser una gran ayuda para el resto de sus hermanos. Ha adquirido unos conocimientos que otros no poseen y los pone a disposición de todos para ayudarles en la tarea de la vida, y además colaboran en la hermosa obra de enseñar a cada persona a contactar directamente con su Creador por medio de la oración.

El sacerdote como instructor es alguien muy valioso. Instructor, ni siquiera Maestro, pues como dijo el mismo Jesús: "Pero vosotros no os hagáis llamar Rabbi, porque uno sólo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos" (Mt, 23,8).

El sacerdote, hombre o mujer, debe ser alguien entregado a la difusión de la Espiritualidad, una ayuda con no sólo conocimiento sino experiencia de aquello sobre lo que habla; aunque tenga dudas, aunque su fe flaquee de tanto en tanto, es una ayuda enriquecedora, pero sin olvidar que Jesús no fue sacerdote (al menos no parece haber constancia sobre ello) en el sentido en el que hoy se entiende este servicio.

Me gustaría que hoy en día el sacerdote no diera tanta imporancia a su labor de intermediario “imprescindible” entre los hombres y Dios, sino más bien a su labor como maestro, o mejor dicho como instructor. Al fin y al cabo para mí la Buena Nueva es que puedo hablar con Dios directamente con un corazón sincero, porque Dios es un Padre cercano aunque nos cueste mucho verlo.

Existen muy buenos sacerdotes, entre ellos aquellos que me ayudaron aportándome luz y sabiduría, además de mostrarme su fe verdadera; tengo la enorme fortuna de haber conocido a este tipo de sacerdote. Personas entregadas que siempre estaban a disposición de quien los necesitara. Personas preparadas que pueden ayudarnos ante determinadas dudas, aunque uno sea el que deba elegir finalmente. No debemos olvidar que todos vivimos dentro del tiempo y que no todos podemos hacer las mismas cosas, sino que nuestra diversidad puede enriquecernos mucho si sabemos luego compartir los resultados.

El sacerdote como maestro me parece una gran ventaja para la sociedad, sobre ese otro intermediario que a veces, con el tiempo, puede terminar por alejarnos de Dios al considerar los demás que con nuestros propios medios nada podemos si no seguimos rituales específicos de salvación delegados en otros.

Instructores, guías, ayudas. Ésa para mí debe ser la tarea primordial de un buen o una buena representante del sacerdocio.




lunes, 29 de marzo de 2010

Circunstancias personales de Jesús



He de confesar que sie
mpre he sentido una enorme curiosidad sobre las circunstancias personales de Jesús, y busqué por uno y otro lado fuentes que me pudieran aclarar algo. Pero hoy veo las cosas de otra manera. Por supuesto mi curiosidad permanece, pero intento ver lo bueno de no conocer con exactitud los datos concretos en los que encuadrar a Jesús. ¿Por qué?

Porque me he dado cuenta de algo que me parece importante. Solemos identificarnos con aquellos que comparten determinado estatus con nosotros, y desechamos o vemos como algo inalcanzable a aquellos que pertenecen a otros. Si supiéramos a ciencia cier
ta que Jesús estuvo casado, serviría de modelo para aquellos que también lo están, mientras que no tendría tanto interés para los que no lo estuvieran. Si trabajaba como obrero, muchos obreros se identificarían con Él pero no así los ejecutivos, por ejemplo. Si fuera sacerdote declarado, quienes no pertenecieran a ese estamento considerarían sus enseñanzas como interesentas pero no como pautas a seguir pues éstas no se considerarían relacionadas con quienes no fueran sacerdotes. Y así podríamos hacer una lista interminable de consideraciones en el mismo sentido.

Vistas así las cosas, me parece mejor que nos podamos acercar a la esencia de Jesús, más que a sus circunstancias. Y la esencia de Jesús, al menos para mí, sí tiene mucho que decir a todos y cada uno de nosotros.




lunes, 8 de marzo de 2010

La Fuerza de las Palabras


En ocasiones uno se sorprende ante los juicios que pueden establecerse sobre ciertas personas atendiendo más a la impetuosidad de sus palabras que a las acciones que realizan.


Y es así. Con el calor de ciertas situaciones uno dice cosas que surgen de manera visceral y se transmiten por su boca; cosas que pueden obedecer a multitud de motivos y razones, no digo lo contrario, pero cosas que es necesrio confrontar con la realidad, y la realidad se manifiesta en obras.

Una persona, por ejemplo, siempre ofrece una invitación para sus amigos, pero el hecho es que nunca la ejerce; sin embargo, lo que queda en el recuerdo de muchos es lo bondadosa que es esta persona por sus constantes invitaciones (que la gran mayoría olvida que nunca se efectuaron).

Por el contrario, existen las personas aparentemente malencaradas que dejan claro que no van a realizar ningún favor a nadie, pero que, a la hora de la verdad, son capaces de muy grandes acciones. ¿Y cómo son juzgadas por la mayoría? Como personas sin corazón que nunca hacen nada; confundiendo una vez más lo que se dice con lo que se hace.

Jesús lo explicó a las mil maravillas con esta parábola:

La parábola de los dos hijos
Mt, 21, 28-31
¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña".

Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue.

Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?


(Evangelio extraído de Catholic.net)

jueves, 24 de diciembre de 2009

Jesús



Hoy se celebra la llamada Noche Buena, es decir, de alguna manera se conmemora el nacimiento de Jesucristo con la esperanza que nos brindó de hallar a un Dios cercano que ama a su creación, y entre ella, al ser humano.

Ya sé que existen dudas sobre la fecha de su nacimiento pero, sea cual fuera ésta, lo que se celebra, a mi modo de ver, es algo que bien merece una fecha y ¿por qué no ésta?

Yo creo que cada uno debe descubrir o decidir quién es Jesús o qué significado tiene para él. Me da la impresión de que Él decidió dejar la vía libre a cada uno pues no acabo de encontrar afirmaciones categóricas de su parte, lo cual me parece muy discreto e intrigante a la vez (no digo que no las hubiera, pero no acabo de verlas con toda claridad, pues seguro que tenía sus razones para manifestar o no determinados datos).

Creo que Jesús representa algo muy importante: la búsqueda y el encuentro con un Dios que es Padre por encima de todo. Y eso, la verdad, me gusta.

Independientemente de cualquier creencia o aparente falta de ella, creo que lo que Jesús transmite es una búsqueda consciente de Dios, de un Dios cercano al que uno puede dirigirse; de un Dios que está también dentro de nosotros; de un Dios que desea ser buscado. Al menos, nos permite sugerir esa posibilidad y salir en su búsqueda.

Creo que el día de Navidad se celebra la gran esperanza del mundo.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD PARA TODOS!!!



viernes, 2 de octubre de 2009

JESÚS: la intimidad de la oración y la necesidad de la instrucción



Como siempre he dicho, para mí JESUCRISTO es muy importante. Tanto que, lógicamente, me ha gustado conocer y valorar muchos aspectos de su vida. Por supuesto, los Evangelios, aun con sus silencios y posibles visiones personales, son la base para gran parte de ese conocimiento; o al menos, de la búsqueda del mismo. Y cuando los leo y medito sobre ellos, surgen muchos pensamientos en mi interior. Uno de ellos es éste que me gustaría compartir con vosotros.

Aunque no soy una erudita sobre el tema, sino que sencillamente busco información sobre aquello que me gusta, a partir de mis preguntas he ido desentrañando respuestas que me ayuden a encontrar la mía propia. Así me doy cuenta de algo que suele pasarse demasiado por encima, y es que solemos valorar la historia antigua con nuestros parámetros actuales, y eso no puede aportar demasiada ayuda. Como ya expuse en un artículo anterior, parece que los conocimientos que tenemos sobre la tradición religiosa judía provienen de un tiempo posterior a la etapa que vivió Jesús en la tierra. Es decir, hoy en día, por ejemplo, el rabino es alguien muy claramente definido en la comunidad judía, pero ¿era así en tiempos de Jesús? Parece ser que no. Y eso me lleva al centro de esta exposición: ¿qué aportaba Jesús en la religión de su época y con qué "estatus" se presentaba? Y eso me lleva a una pregunta mucho más importante para mí: ¿qué aporta Jesús en las comunidades religiosas o espirituales de nuestra época y de la suya?

Con respecto al estatus, no puedo saberlo con seguridad; es más, creo que nadie lo sabe; pero parece claro que no era sacerdote; y desde luego que no lo era con respecto a nuestros cánones actuales: es decir, un intermediario entre Dios y los hombres que realiza unas prácticas rituales determinadas. Yo creo que JESÚS era mucho más que eso.

A mi entender Jesús, ante todo y por encima de todo, era alguien que vivía lo que predicaba. No se sometía a normas vacías, sino al fondo real de las cosas; por tanto no iba de manera directa contra las prácticas pero sí contra la ausencia de sentido real al aplicarlas. Colocaba por encima de todo el amor, y luego el ritual si podia ayudarlo pero nunca cuando lo entorpecía.

Por otra parte Jesús vivía la comunión con el Padre, y esa comunión y esa esperanza era lo que quería transmitir a los demás. Él hablaba del Reino de Dios, creo que más como un estado a alcanzar que como un lugar meramente físico; sin descartar que pueda serlo, pues cuando uno ES, uno necesariamente ESTÁ.

Por tanto, creo que Jesús, era -y es- un Maestro que predicaba con el ejemplo. Es alguien que dedicó mucho tiempo a vivir a Dios, alguien con una fuerte base y que por ello podía compartirla. Y por eso enseñaba, para que los demás, aquellos que no habían podido dedicar aquel tiempo a la actividad de conocer y conectar con Dios, pudieran emprender el camino ayudados y motivados por sus explicaciones y por su ejemplo.

Parece que cuando entraba en las sinagogas de su tiempo (es importante matizar que hablamos de las de su tiempo) lo que hacía era enseñar, instruir: explicaba aquellas lecturas que se habían convertido en algo tan rutinario y a veces tan complicado por el lenguaje en el que estaban escritas que una gran mayoría no era capaz de comprender y, gracias a sus enseñanzas, quienes le escuchaban podían aplicar adaptada la Palabra a su vida diaria. Es decir, era -entre otras cosas- un Gran Maestro o Instructor Espiritual; un guía que sabía ir al fondo porque lo vivía.

Y por otra parte, además de esos encuentros multitudinarios o menos multitudinarios, pero donde todos los que acudían buscaban una meta común, también señalaba la importancia suprema del encuentro íntimo y no sólo público con Dios. Es decir, nos señala de manera inequivoca la necesidad de la oración personal e íntima.

Jesús practica y nos enseña la necesidad de la oración íntima, sin testigos, sin nadie alrededor: sólos tú y Él. Sólo de esa manera la persona puede seguir siendo una misma al entrar en comunión con muchos otros; de otra forma, sin esa fuerza que aporta el encuentro personal, puede correrse el peligro de extraviarse entre un mar de voces masificadas y no vivenciadas.

Jesús enseña a través de la palabra y de la acción. Jesús incide en la necesidad del tiempo íntimo de oración (llámalo meditación, oración, como lo desees, pero sabemos muy bien de lo que hablamos, ¿verdad?). JESÚS nos enseña a SER para poder obrar; en lugar de hacer justo lo contrario, obrar para quizá llegar a ser.


NOTA SOBRE LAS IMAGENES DE ESTE ARTÍCULO:


En primer lugar aparece un bellísimo cuadro titulado "JESÚS EN LA SINAGOGA", obra del pintor GREG OLSEN. Me gustaría puntualizar que tengo el permiso del autor para la reproducción de esta obra. Desde hace tiempo, veo en la red imágenes de Jesús que me parecen bellísimas pero de las que no conocía la autoría. Hoy, gracias a otro blog que publicó la imagen dando los datos, sé de dónde proceden y considero de justicia comunicarlo así. Por otra parte, el autor pide tres requisitos a la hora de mostrar sus imágenes; tres requisitos que cumplo y reproduzco a continuación por lo correctos que me parecen. Éstas son sus peticiones:

  • Nombrar al autor y reproducir el símbolo de copyright en la visualización de sus obras: ©. Por motivos técnicos, no me es posible hacerlo en su obra, por lo que lo hago aquí.
  • No modificar la imagen, a excepción del tamaño por razones obvias.

Mi agradecimiento al autor por tan bellos cuadros.

Sobre la segunda imagen, carezco de información pero la considero tan bella y apropiada que he decidido ponerla en mi blog; y si el autor no lo considera oportuno,, estaré encantada de conocer su nombre y hacerle el reconocimiento que se merece. Gracias


jueves, 9 de abril de 2009

El Maestro

(Aprovechando la celebración de esta Semana Santa del año 2009, vuelvo a publicar un texto escrito por mí que guarda mucha relación con los sucesos que se conmemoran en esta época del año).

Raquel estaba exultante; su alegría no conocía límites y por eso se puso a danzar al tiempo que golpeaba el pandero que en muchas ocasiones la acompañaba. Él había vuelto a actuar, y esta vez lo había hecho en su presencia. Una multitud se había reunido en la montaña para poderlo escuchar; a Raquel también le gustaba hacerlo y en muchas ocasiones su lugar favorito era colocarse a sus pies y mirarlo embelesada; Él entonces sonreía, con esa sonrisa amplia que provenía de la dulzura de su corazón; y, al mismo tiempo que lo hacía, seguía instruyendo a las gentes que acudían a oírlo. Hablaba con total confianza de su Padre, el Padre que decía ser de todos. A Raquel le gustaba el sonido de su voz, pero lo que más le entusiasmaba era saberse junto a alguien tan especial como Él, que podía curar enfermedades y dar de comer a sus amigos, como en aquel momento lo había hecho. Raquel no se preguntó cómo podía ser posible que los panes y los peces siguieran sobrando a pesar de todos los hombres y mujeres que allí estaban, sólo le interesaba constatar que estaban en buenas manos, que aquel en el que habían puesto su confianza era capaz de alimentarlos, y ella, Raquel, se encontraba entre sus amigos elegidos, ¡qué más podía pedir! El peligro ya no existía, pues Él siempre confiaba, el Maestro, Jesús, el hombre que amaba cuando hablaba.

Sin embargo, un día llegó el tormento. Raquel lo había visto en sus momentos de triunfo, aquellos en que las multitudes lo aclamaban y buscaban con desesperación. Ahora aquella búsqueda se había trocado en odio y Raquel no podía entender la razón. Seguro que no había de qué preocuparse; muchas veces les había instruido sobre el cuidado amoroso del Padre sobre sus criaturas, así que no había de qué preocuparse.

Pero no fue así. Lo maltrataron, lo llevaron por las calles, lo dañaron hasta el extremo de aflorar la sangre; y luego, luego la cruz. El grito de Raquel retumbó entre aquella muchedumbre que demostraba los más diversos estados de ánimo; los había desesperados, resignados, amedrentados, y una gran parte de ellos dejó mostrar el odio más escondido que en ellos anidaba, y lo dirigían hacia Él, hacia el hombre que les enseñaba con parábolas, hacia el hombre que curaba sus enfermedades, perdonaba sus pecados, hacia el hombre que los amaba como sólo Él podía hacerlo. El grito de Raquel seguía sonando. Y los ojos del Maestro se clavaron en los de ella; eran unos ojos compasivos aun en el dolor. ¿Por qué la miraba? En aquel momento le pareció a la niña que no sólo la miraba a ella, sino que contemplaba con el mismo amor personalizado a cada uno de los individuos que allí se encontraban asistiendo a su martirio. ¿Cómo podía amarlos a todos, si muchos de ellos habían sido la causa de semejante atrocidad? Pero así era el Maestro. En sus ojos vio la compasión por ellos: no sabían lo que hacían; y en sus ojos vio la compasión por ella: no podía comprender, pero algún día lo haría. ¡Confía!

Cuando terminó el tormento, Raquel se internó por las calles de Jerusalén; y entonces se dio cuenta del cambio: ahora tenía miedo. Mientras el Maestro estaba con ellos, Raquel se sentía cuidada y protegida; tenía un gran amigo; alguien que conocía cara a cara al Dios Padre al que los judíos no podían nombrar. Nadie podía hacerle daño; estaban en buenas manos. Pero ahora, todos eran enemigos. No quería que nadie la tocara; miraba al suelo asustada pues al cielo no quería dirigir sus ojos; ¿cómo podía ser posible que su Padre hubiera permitido todo aquello? ¿Por qué los había alimentado a ellos y no lo había salvado a Él? Los apretujones le desagradaban, no quería sentir la mano de nadie sobre ella, y cuando la tocaban, algo se retorcía de miedo en su interior. Estaba en territorio enemigo. Hasta que una mano la tocó, una mano suave que no la hizo retroceder sino que detuvo el horror por un momento. Alzó los ojos y lo vio: su mirada era la de siempre, llena de amor. Pero no podía ser, estaba muerto, venía del Calvario, allí lo había dejado ya muerto. ¡Confía! Volvió a decirle con los ojos, y se marchó.

Luego supo que otros lo habían visto, se contaban todo tipo de experiencias, pero para Raquel el tormento de la crucifixión había sido más fuerte que cualquier esperanza que pudieran darle. No lo había vuelto a ver; sólo había sido en aquel momento, y luego, nada. No entendía por qué su Padre querido lo había abandonado. ¿Cuál era la razón? Raquel perdió la alegría y perdió la juventud en un día.

* * *

En la isla griega era conocida por "la judía"; algunos la miraban con recelo por esa seriedad que manifestaba. Raquel no se integraba en ningún grupo, aunque acudía a las reuniones de muchos. Escuchaba en silencio, a veces hacía gestos con la cabeza, pero callaba. También allí se hababa del Maestro, y muchos seguían su doctrina. Muchos se atrevían a hablar de Él y de su pensamiento sin haberle conocido como ella lo había hecho.

Cuando miró a lo alto de la colina, divisó el templo de Apolo, y hacia él se encaminó. La colina del Gólgota seguía en su pensamiento; no podía librarse de aquella aterradora imagen. Ahora quería contrarrestarla con la visita al templo lleno de luz y color. Y entró. La figura del dios era hermosa. Apolo tenía todos los atributos de la belleza; no era un padre, pero al menos, nadie parecía quererlo torturar. Sería más fácil seguir aquellos caminos que los que le dictaba su corazón, pero entonces se dio cuenta. Apolo no era un hombre, mientras que su Maestro sí lo era, y aunque no pudiera entender aquel aparente abandono de Dios, su Padre, en aquel momento supo que nunca dejaría de amarlo, de reverenciarlo y de seguirlo. Recordó la mano sobre su hombro, pero no le dio crédito. Aun así supo que nunca abandonaría el amor a su Maestro, y aunque siguiera preguntándose una y otra vez ¿por qué?, seguiría estando a su lado

* * *

Los años pasaron para Raquel; ya vieja, recuperó su dulzura. Ahora le gustaba observar a los jovencitos como ella fuera tiempo atrás. Algunos le preguntaban si era verdad que lo había conocido, y ella decía que sí, y hablaban sobre Él, sobre lo que decía, y lo que hacía, sobre como miraba y sonreía, y por encima de todo, sobre como amaba.

Y Raquel en su vejez se atrevió a levantar los ojos al cielo y buscar la respuesta que tanto se empeñaba en aclarar. Volvía una y otra vez hacia ese Padre que no podía entender, y otra vez lo oyó. La palabra decía: "¡Confía, niña, confía!"

jueves, 25 de diciembre de 2008

José y María - Parte III



Volviendo al tema de la concepción milagrosa que muchos ponen en duda y sobre lo que no me voy a definir, me gustaría explicarlo de la siguiente forma. No creo que tuviera que ver con la necesidad de pureza en el sentido religioso de un cierto desprecio al sexo; cosa que yo, al menos, no acabo de aceptar pues el sexo también es una creación de Dios (otra cosa es el posible abuso que se haga de él).

La concepción virginal de Jesús la veo más bien como una demostración del poder de Dios. Se nos dice que María siempre calla: actúa pero apenas habla; algo fácil de entender si consideramos la situación en la que históricamente se ha colocado a la mujer.


Y como decía en la entrada número II, María no podía tener acceso a los cultos reservados a una clase especial de hombres (tampoco se les permitía todo a todos los hombres, aunque sí más que a las mujeres).

¿No sería una prueba extraordinaria del contacto real entre Dios y su criatura María el hecho de que concibiera sin necesidad de seguir las leyes naturales? ¿No podía ser la mayor prueba de que Dios estaba con ella? No hay que olvidar que para una mujer judía de aquella época y geografía, el hecho de concebir significaba, además de un deber, una bendición de Dios; y la esterilidad era vista como una especie de maldición.

El encuentro de María e Isabel (la mujer infértil que había recibido la gracia de concebir contra toda esperanza a su hijo Juan) tuvo que ser hermoso pues las dos sabían la verdad; no necesitaban más pruebas ya que ellas mismas se habían convertido en las pruebas reales de la cercanía de Dios. Sin duda debieron sentirse reconfortadas; no necesitaban palabras porque comprendían en su carne todo lo que pasaba.

Y José acepta; no le importa el no entender, no da suficiente peso a sus dudas, sino que demuestra ser bondadoso y, probablemente, adelanta la boda real y efectiva para no poner en peligro la reputación de María. José está dispuesto a sufrir las dudas de sus vecinos; pero no va a abandonar a quien Dios ha destinado como su esposa. Y tampoco dejará desprotegido al Niño que su Creador le regala por tan extraños caminos. Si eso no es amor...

Jesús es, además de un regalo de Dios a la humanidad, el encuentro de dos almas devotas. Luego vendrían los duros años de aprendizaje, porque... no podía ser fácil seguir caminos tan poco trillados y vivirlos en silencio...Hasta que el Hijo se hace Maestro.

lunes, 15 de diciembre de 2008

María y José- Parte II

Y aquí, por supuesto, empieza mi imaginación; pero, francamente, no me parece excesiva osadía a juzgar por lo poquísimo que parece saberse.

Imagino que el hecho de que una niña judía fuera dedicada al templo podía tener varios fines. En primer lugar, un ofrecimiento a Dios. Y en segundo y tercer lugar, una forma de fomentar en la niña una devoción y, a su vez, procurar la salvaguarda de su virginidad. No podemos olvidar el hecho de la importancia de la mujer en la custodia de la pureza de su estirpe. Si la niña era dedicada al templo, es de suponer que se cuidaba mucho este tema e, incluso, podía o bien elegirse marido para cuando tuviera la edad apropiada, o bien se concedía permiso para el elegido por la familia.

¿Qué podría hacer María en el templo? Probablemente lo que han hecho la mayoría de las mujeres en gran parte de las relilgiones del mundo conocido: tejer los lienzos, limpiar todo aquello que luego los sacerdotes habían de purificar, etc., etc.

Imagino que se fomentaba la devoción y que, probablemente, se les diera algún tipo de instrucción. Es más que probable que la Virgen María conociera y recitara salmos; pudiera ser que aunque no se les enseñara a leer sí se memorizaran textos leídos por los instructores. Yo creo que la palabra de Dios estaba en su boca.

Puedo imaginar que a las mujeres dedicadas al templo se les daría una instrucción necesaria para ejercer determinadas tareas. Es decir, probablemente no gustara una mujer absolutamente analfabeta, aunque quíen sabe. Pero lo que no podía era estudiar todos los textos sagrados; para eso estaban los hombres.

¿Y qué ocurre cuando alguien siente tanto deseo y tanta cercanía hacia su Creador? Que busca maneras de conectar con Él. Ya que una simple niña no podía ejercer rituales reservados a una casta especial de hombres; ya que una niña no podía leer las escrituras que con tanto celo se guardaban alejadas de sus manos, ¿qué podía hacer una niña que, probablemente, desde el principio sintiera afinidad hacia las cosas de Dios y, además, se las fomentaban pero sólo hasta ciertos límites? Creo que lo único que podía hacer era buscar a ese Amoroso Creador en todo lo que le rodeaba y en su propio interior. María parece haber optado por dirigise directamente a Dios. No le hacía falta nada más. Vivía más que estudiaba.

María, muy probablemente, se acostumbró al silencio y a no manifestar públicamente sus dudas, sino a dirigirlas directamente a su Dios. De esa manera pudo hacer crecer una espiritualidad no constreñida a ritos y escritos, sino basada en su propia experiencia (algo que su Hijo desarrolló a las mil maravillas).

Y así la niña María desarrolló una oración de cercanía que le hizo poder recibir mensajes directos de su Creador, bien fuera a través de señales, bien a través de ángeles, pero no parece que los recibiera por medio de instituciones que le abrían unas puertas mientras le cerraban otras.

El contacto directo con Dios pudo hacer que creciera en ella la confianza absoluta en Su poder. La concepción milagrosa sirve para demostrarlo. María no da explicaciones; si Dios lo ha dispuesto así, que así sea; ella está acostumbrada al silencio y a los hechos, no necesita elaborar ni discutir cientos de miles de teorías.


Ni siquiera parece que necesitara hacerle aclaraciones a quien se eligió como marido, de quien se nos dice que "era bueno". No se nos dan detalles de él, sino uno que los engloba a todos: su bondad. ¿Y qué puede hacer un hombre bueno ante un embarazo de su desposada en fecha nada conveniente?

José hace lo mismo que María, confía y obra rectamente. No quiere causar daño y asume los hechos. No sólo eso, se hace cargo animosamente y emprende el camino de protección de su nueva familia, la que Dios le ha o
torgado por tan extraños caminos. José tampoco discute; San José piensa, razona, ora, deja paso a su intuición, decide y actúa.

CONTINUARÁ...


lunes, 8 de diciembre de 2008

María y José - Parte I

Aprovechando la celebración de estas fechas navideñas, me gustaría hacer algunos comentarios sobre dos figuras que me parecen ser bastante maltratadas, ya sea por exceso como por defecto: María y José. Como, a la hora de ponerme a escribir sobre este tema, veo que se me mueven los dedos en demasía sobre el teclado, creo que lo voy a ir repartiendo en diferentes entregas para no agotar la paciencia de tan queridos amigos lectores. Comenzamos.

Ante todo decir que me parece muy importante fijarnos en estas dos figuras porque me temo que reina demasiado desconocimiento sobre muchas cosas, y eso nos hace ofuscarnos con afirmaciones y negaciones que lo único que hacen es ampliar una falta de base que se va extendiendo a lo largo del tiempo según yo lo veo (y no me refiero sólo a asuntos que competen a la religión sino a tantos otros...).

Poco se sabe sobre la Virgen María. No nos engañemos, los Evangelios tratan más el fondo místico y religioso del mensaje de Jesús, que la recopilación histórica o biográfica. Los Evangelios no parecen escritos con la intención de dar a conocer situaciones íntimas o sociales de una cultura para que sea conocida por otra. Así nos quedamos con multitud de incógnitas, pues quienes conocían algo más de hechos que ahora buscamos ansiosamente, no los consideraron dignos de mención: lo importante era el mensaje de Jesús más que sus circunstancias.

Estas circunstancias fueron añadidas a lo largo de los siglos, pero no parece que procedan de antes. Incluso los Evangelios Apócrifos, tan de moda en nuestros días y que suelen colocarse todos en el mismo saco desconociendo procedencias y épocas, no fueron escritos hasta mucho tiempo después, al menos la mayoría.

Así que la conclusión es que desconocemos muchos detalles que ahora valoramos enormemente. También es verdad que nuestra sociedad es muy personalista, mientras que en épocas anteriores se miraba más por lo colectivo. Así, por ejemplo, hoy en día se valoran los nombres de autores literarios que se consideran muy prestigiosos y lo queremos saber todo sobre ellos (con o sin su permiso); mientras que, por ejemplo, en la Edad Media, lo que predominaban eran juglares que transmitían hermosas historias, normalmente de autor desconocido; lo que importaba eran las historias y la gracia para contarlas, pero no la personalidad del creador. Diferentes tiempos, diferentes culturas.

De la Virgen María se nos dice que, desde su nacimiento, fue dedicada al templo. Y la pregunta que me hago es en qué consistía esto. No parecen existir hasta el momento datos que puedan explicar la presencia de las mujeres en el ámbito del templo.

Hay que precisar que la mayor parte de los conocimientos que tenemos sobre la tradición religiosa judía, provienen de textos llamados "rabínicos" y que son la Mishnhá y el Talmud. Por supuesto está la Biblia y la Torá (los cinco primeros libros de la Biblia Hebrea), pero ahí quedan claras una cosas y otras no tanto.

Entiendo que cuando se estudia la figura de Jesús y su posición en el ámbito palestino de la época en la que vivió, se recurre a fuentes como los Evangelios o estos textos rabínicos que no proceden de la época de Jesús sino que son muy posteriores.

Así como los Evangelios más o menos se datan en el año 70 (no v
oy a entrar en más especificaciones), la Mishná proviene del 200 d. C. , según mis informaciones. Se trata de una recopilación de tradiciones judías y comentarios sobre las mismas. También tenemos el Talmud, más posterior (con dos versiones, una del 400 y otra del 500 d.C., aproximadamente), conteniendo más comentarios sobre la Mishná y tradiciones. Es decir, que, aceptando el valor de estos textos por lo que aportan, lo cierto es que no acabamos de saber por ellos cómo se desenvolvía el mundo judío que vivió Jesús.

No hay que olvidar la destrucción de Jesusalen por los romanos en el año 70 de nuestra era y la dispersión que esto provocó.


Y si es difícil saber más sobre temas que afectan al elemento masculino, no digamos nada del femenino que normalmente brilla, en casi todas las culturas conocidas en nuestro ámbito, por su ausencia.


Así que me pregunto una y otra vez qué significaba dedicar una niña al templo. Y aquí comienza mi imaginación....

CONTINUARÁ...

domingo, 17 de agosto de 2008

La Iniciativa en San José

Ya en mi juventud me gustaba la figura de San José. Y a él he acudido varias veces en ayuda; que, por cierto, me brindó. Es alguien a quien quiero mucho y por eso hoy me gustaría hablar algo de él.

Para mí San José es, entre otras muchas cosas, un gran maestro de fe, de acción y de propia iniciativa.

¿Por qué? Tal y como se nos habla de él en los Evangelios, parece que nos encontramos con alguien al que le suceden cosas que no acaba de entender y para las que busca explicación. Una vez valoradas las cosas se pone en acción; es decir, no reacciona sino que actúa.

En primer lugar, descubre que la mujer que va a ser su esposa está esperando un hijo, y él, después de mucho meditar, lo acepta. ¿Lo acepta por fe? Yo diría mucho más, lo acepta por amor: amor muy grande, amor a María, amor a quien viene, amor a la vida. No se opone. Es precisamente cuando busca una salida a esta difícil situación cuando, en sueños, se le explica que no debe temer ni sospechar de María, que lo concebido en ella es fruto del Espíritu Santo. Y lo acepta.

Probablemente, el matrimonio haya tenido que vivir bajo sospecha, pues los vecinos albergarían ciertas dudas; pero él continúa con el compromiso adquirido. Y salva a su hijo y a su mujer cuando ha de hacerlo.

Se nos dice que hubo de huir. No debió de ser fácil tener que buscar nuevos caminos, pero lo hace. Y cuando, una vez más, en sueños se le indica que puede regresar, acepta el consejo, pero (y eso es lo que llama poderosamente mi atención) lo pone en práctica una vez añadida su propia iniciativa. Decide dónde desea él establecerse; y confía en que su criterio será bien recibido por el Cielo.

San José, además de dejarse guiar, en mi opinión también aporta su propia iniciativa. Con el máximo respeto al cielo y a la tierra. Al fin y al cabo, si Dios lo había creado, parece lógico que San José también pensara que le había otorgado, asimismo, herramientas de raciocinio más que válidas para ponderar las cosas y ponerlas por obra.

Y Dios le ayudó. Muy probablemente porque, como dice el Evangelio, era bueno y honraba a su Creador creyendo en los dones que Él mismo le había otorgado.

Me gusta mucho San José. Es un hombre con dudas, que se hace preguntas, pero que, por encima de todo, busca el bien y actúa en consecuencia. Sin duda, tiene mucho que enseñarnos, y a mí me gusta aprender.

jueves, 12 de junio de 2008

Jesús y los mercaderes del Templo

En los Evangelios existe un pasaje en particular que es muy difícil de entender. Se trata del aparente acceso de cólera de Jesús al expulsar a los mercaderes del templo. Mucho se habla sobre ello, mucho se discute, pues es realmente difícil conciliar esta aparente cólera con alguien que decía también cómo había que ofrecer la otra mejilla a quien nos golpeara el rostro. Noto que en los Evangelios no suelen darse muchos detalles: o bien se nos transmite directamente la conclusión a la que ha llegado determinado evangelista, o bien se nos habla de hechos, pero sin especificar detalles, a mi modo de ver, significativos para poder evaluar determinadas situaciones sin sacarlas de contexto. ¿Y si las cosas hubieran sucedido de esta manera?

Jesús en el Templo

Para empezar a relatar esta historia, hay que imaginar el deseo ardiente del Maestro para mostrar el verdadero camino a quienes tanto amaba.

Aunque a Jesús le gustaba orar en la soledad del monte, además acudía al templo donde su Padre también estaba, ya que no existía ni un solo lugar de la tierra en donde no se presentara.

Al templo acudían muchos fieles con diversos propósitos. Uno muy repetido era buscar el perdón o el favor de Dios. Los seres humanos jamás se sentían perdonados y por eso hacían sacrificios para asegurarse el perdón divino. Por otra parte, se veían tan impotentes y con tan escaso valor por ellos mismos que debían interceder la bondad del Padre a cambio de sacrificios.

Los seres humanos no habían entendido. A pesar de leer las escrituras en la sinagoga, no conseguían aceptar la palabra del Padre materializada a través de Isaías: “Misericordia quiero, y no sacrificios”. El Padre valoraba más la misericordia que cualquier sacrificio, pero el Padre también entendía la fragilidad humana y sabía que muchos de sus hijos se sentían tan indignos que necesitaban ellos mismos los sacrificios, y Él los aceptaba por amor, sólo por amor, pues de sobra era dueño de todo, hasta de los sacrificios, como para imponerlos a seres tan desvalidos.

En el atrio del templo podían conseguirse los diversos animales para el sacrificio; incluso existían mesas de cambistas, ya que en el templo, los sacerdotes aceptaban como única moneda válida aquella decidida por ellos, así que el papel de los cambistas era muy necesario según las órdenes de los sacerdotes del templo.

No sólo existían aves costosas para ofrecer los sacrificios; las había también más baratas para quienes no contaran con excesivos recursos, pero no todos querían resignarse a una ofrenda tan pobre y buscaban dinero para poder acercarse al sacrifico de manera más digna.

Y entonces apareció la mujer; había mendigado toda la mañana para obtener el dinero necesario para una hermosa tórtola. En su pensamiento, no veía otra forma de complacer al Padre; no quería ofrendarle una simple paloma, precisaba algo más hermoso; tenía mucho que pedir, los problemas la abrumaban y quería ofrecer a su Señor lo mejor que pudiera conseguir para Él.

Pero el dinero mendigado no alcanzaba. Faltaba muy poco, era cierto, pero ya iba a cerrarse el templo del sacrificio y ella no podía esperar más. Armada del valor de quien pide algo justo, se acercó a los vendedores del templo, ofreciendo todas las monedas recolectadas y solicitando la más bella de las tórtolas que allí estaban. Los vendedores se miraron unos a otros; no podían entender el descaro d
e la mujer o su muy amplia ignorancia. Aquel dinero no alcanzaba, pero si lo deseaba había aves más baratas para realizar su ofrenda.

-No lo entendéis, necesito la más hermosa de las tórtolas, ésa fue mi promesa al Que Es.


-Entonces, acude cuando hayas tenido bastante. ¿Es que no lo ves? Tu dinero no alcanza.

-Apiadaos de mí, por favor. No puedo seguir esperando; es urgente mi petición.


Pero los vendedores del templo no se conmovieron ante el dolor y la preocupación de la mujer.

-¿No tenéis oídos para mí? ¿Permitiréis causar esta perdición a una anciana que os implo
ra?

La pobre mujer estaba convencida de que la única manera de que Dios la escuchara sería cuando le ofreciera la tórtola de antemano seleccionada. Es verdad que poco confiaba en la bondad del Padre, pero ¿qué otra enseñanza tenía en la tierra? Los hombres le daban según el pago que ella hiciera, ¿por qué el Creador de todo debía actuar de otra manera?


Unos oídos la escucharon. Más que los oídos fue la sensibilidad completa del Maestro para quien nadie pasaba desapercibido. Él sabía que su Padre ya se había apiadado de la mujer, pero también era consciente de que para ella aquello no significaría nada si no obtuviera pruebas, así que decidió actuar en su favor.

Podía pedir a cualquiera de sus discípulos el dinero que faltaba y dárselo a la mujer, pero a Jesús no le gustaba dejar las cosas a medias. Si la anciana precisaba saber, no menos los vendedores. Todos debían aprender de aquella situación. Estaba dispuesto a ofrecerles una oportunidad de mostrarse a sí mismos y a los demás la generosidad que habían escondido en algún lugar de sus conciencias.

Y Jesús se acercó sin más, con esa mirada dulce y profunda que parecía penetrar a quien con él hablaba. Y les hizo entender a los vendedores la oportunidad que se les brindaba; ¿por qué no ayudaban a aquella mujer? Si así lo hacían, podían estar seguros de que no habrían perdido el día.

Los vendedores quedaron sobrecogidos. Gran parte de quienes por allí estaban empezaron a prestar atención a todo lo que sucedía, y las opiniones de unos y de otros se empezaron a manifestar. Era verdad, quizá no fuera necesario pagar el dinero por una tórtola o por un pichón. ¿Qué podían ellos ofrecer a Dios?

Algunas de estas ideas empezaron a considerarse peligrosas por quienes allí tenían instalados sus tenderetes. Si se hacía una excepción, pensaron muchos de ellos, al final se convertiría en una nueva regla que los dejaría a ellos sin ganancias; no podían permitirlo.

Claro que no todos pensaban de la misma forma; los había que comprendían el mensaje del Maestro y querían hacer uso de la virtud de la misericordia. Pero los enemigos del Maestro no quisieron desaprovechar la ocasión y simularon un altercado del que luego culparon al mismo Jesús.


Las mesas empezaron a caer y el miedo se extendió por el atrio del templo. Ya nadie sabía en realidad lo que pasaba ni quién había iniciado el tumulto, pero las voces que culpaban al Rabí sonaban más y más fuertes hasta conseguir imponerse.

Y el Maestro contempló con tristeza la dureza de unos hombres que no sabían liberarse de su falta de misericordia.