jueves, 9 de abril de 2009

El Maestro

(Aprovechando la celebración de esta Semana Santa del año 2009, vuelvo a publicar un texto escrito por mí que guarda mucha relación con los sucesos que se conmemoran en esta época del año).

Raquel estaba exultante; su alegría no conocía límites y por eso se puso a danzar al tiempo que golpeaba el pandero que en muchas ocasiones la acompañaba. Él había vuelto a actuar, y esta vez lo había hecho en su presencia. Una multitud se había reunido en la montaña para poderlo escuchar; a Raquel también le gustaba hacerlo y en muchas ocasiones su lugar favorito era colocarse a sus pies y mirarlo embelesada; Él entonces sonreía, con esa sonrisa amplia que provenía de la dulzura de su corazón; y, al mismo tiempo que lo hacía, seguía instruyendo a las gentes que acudían a oírlo. Hablaba con total confianza de su Padre, el Padre que decía ser de todos. A Raquel le gustaba el sonido de su voz, pero lo que más le entusiasmaba era saberse junto a alguien tan especial como Él, que podía curar enfermedades y dar de comer a sus amigos, como en aquel momento lo había hecho. Raquel no se preguntó cómo podía ser posible que los panes y los peces siguieran sobrando a pesar de todos los hombres y mujeres que allí estaban, sólo le interesaba constatar que estaban en buenas manos, que aquel en el que habían puesto su confianza era capaz de alimentarlos, y ella, Raquel, se encontraba entre sus amigos elegidos, ¡qué más podía pedir! El peligro ya no existía, pues Él siempre confiaba, el Maestro, Jesús, el hombre que amaba cuando hablaba.

Sin embargo, un día llegó el tormento. Raquel lo había visto en sus momentos de triunfo, aquellos en que las multitudes lo aclamaban y buscaban con desesperación. Ahora aquella búsqueda se había trocado en odio y Raquel no podía entender la razón. Seguro que no había de qué preocuparse; muchas veces les había instruido sobre el cuidado amoroso del Padre sobre sus criaturas, así que no había de qué preocuparse.

Pero no fue así. Lo maltrataron, lo llevaron por las calles, lo dañaron hasta el extremo de aflorar la sangre; y luego, luego la cruz. El grito de Raquel retumbó entre aquella muchedumbre que demostraba los más diversos estados de ánimo; los había desesperados, resignados, amedrentados, y una gran parte de ellos dejó mostrar el odio más escondido que en ellos anidaba, y lo dirigían hacia Él, hacia el hombre que les enseñaba con parábolas, hacia el hombre que curaba sus enfermedades, perdonaba sus pecados, hacia el hombre que los amaba como sólo Él podía hacerlo. El grito de Raquel seguía sonando. Y los ojos del Maestro se clavaron en los de ella; eran unos ojos compasivos aun en el dolor. ¿Por qué la miraba? En aquel momento le pareció a la niña que no sólo la miraba a ella, sino que contemplaba con el mismo amor personalizado a cada uno de los individuos que allí se encontraban asistiendo a su martirio. ¿Cómo podía amarlos a todos, si muchos de ellos habían sido la causa de semejante atrocidad? Pero así era el Maestro. En sus ojos vio la compasión por ellos: no sabían lo que hacían; y en sus ojos vio la compasión por ella: no podía comprender, pero algún día lo haría. ¡Confía!

Cuando terminó el tormento, Raquel se internó por las calles de Jerusalén; y entonces se dio cuenta del cambio: ahora tenía miedo. Mientras el Maestro estaba con ellos, Raquel se sentía cuidada y protegida; tenía un gran amigo; alguien que conocía cara a cara al Dios Padre al que los judíos no podían nombrar. Nadie podía hacerle daño; estaban en buenas manos. Pero ahora, todos eran enemigos. No quería que nadie la tocara; miraba al suelo asustada pues al cielo no quería dirigir sus ojos; ¿cómo podía ser posible que su Padre hubiera permitido todo aquello? ¿Por qué los había alimentado a ellos y no lo había salvado a Él? Los apretujones le desagradaban, no quería sentir la mano de nadie sobre ella, y cuando la tocaban, algo se retorcía de miedo en su interior. Estaba en territorio enemigo. Hasta que una mano la tocó, una mano suave que no la hizo retroceder sino que detuvo el horror por un momento. Alzó los ojos y lo vio: su mirada era la de siempre, llena de amor. Pero no podía ser, estaba muerto, venía del Calvario, allí lo había dejado ya muerto. ¡Confía! Volvió a decirle con los ojos, y se marchó.

Luego supo que otros lo habían visto, se contaban todo tipo de experiencias, pero para Raquel el tormento de la crucifixión había sido más fuerte que cualquier esperanza que pudieran darle. No lo había vuelto a ver; sólo había sido en aquel momento, y luego, nada. No entendía por qué su Padre querido lo había abandonado. ¿Cuál era la razón? Raquel perdió la alegría y perdió la juventud en un día.

* * *

En la isla griega era conocida por "la judía"; algunos la miraban con recelo por esa seriedad que manifestaba. Raquel no se integraba en ningún grupo, aunque acudía a las reuniones de muchos. Escuchaba en silencio, a veces hacía gestos con la cabeza, pero callaba. También allí se hababa del Maestro, y muchos seguían su doctrina. Muchos se atrevían a hablar de Él y de su pensamiento sin haberle conocido como ella lo había hecho.

Cuando miró a lo alto de la colina, divisó el templo de Apolo, y hacia él se encaminó. La colina del Gólgota seguía en su pensamiento; no podía librarse de aquella aterradora imagen. Ahora quería contrarrestarla con la visita al templo lleno de luz y color. Y entró. La figura del dios era hermosa. Apolo tenía todos los atributos de la belleza; no era un padre, pero al menos, nadie parecía quererlo torturar. Sería más fácil seguir aquellos caminos que los que le dictaba su corazón, pero entonces se dio cuenta. Apolo no era un hombre, mientras que su Maestro sí lo era, y aunque no pudiera entender aquel aparente abandono de Dios, su Padre, en aquel momento supo que nunca dejaría de amarlo, de reverenciarlo y de seguirlo. Recordó la mano sobre su hombro, pero no le dio crédito. Aun así supo que nunca abandonaría el amor a su Maestro, y aunque siguiera preguntándose una y otra vez ¿por qué?, seguiría estando a su lado

* * *

Los años pasaron para Raquel; ya vieja, recuperó su dulzura. Ahora le gustaba observar a los jovencitos como ella fuera tiempo atrás. Algunos le preguntaban si era verdad que lo había conocido, y ella decía que sí, y hablaban sobre Él, sobre lo que decía, y lo que hacía, sobre como miraba y sonreía, y por encima de todo, sobre como amaba.

Y Raquel en su vejez se atrevió a levantar los ojos al cielo y buscar la respuesta que tanto se empeñaba en aclarar. Volvía una y otra vez hacia ese Padre que no podía entender, y otra vez lo oyó. La palabra decía: "¡Confía, niña, confía!"