viernes, 19 de abril de 2013

37 - EL DESACUERDO

Admitámoslo, no siempre estamos de acuerdo los unos con los otros. Y eso no es algo necesariamente malo; lo malo es no aceptarlo, encubrirlo sin afrontarlo. 

En muchas ocasiones tememos una discusión abierta por miedo a no saber controlarnos y perder nuestras razones más que la razón. Mira el manto de la mujer enfurruñada con los brazos cruzados impidiendo dar rienda suelta a su corazón; al final del manto aparece un nudo que nos habla de ese problema sin resolver. Sólo hay una forma de deshacer el nudo: exponerse al precipicio de la discusión. 

Porque discutir no es enzarzarse en una lucha inútil, sino exponer nuestros argumentos a la vez que escuchamos lo que el otro tiene que decirnos. El otro que también parece dispuesto a la pelea si  nos fijamos en sus manos con esos puños que parecen dispuestos a alcanzar algún objetivo de manera violenta; pero no, la daga está bien enfundada, por mucho que aún exista en nuestro personaje masculino una mirada de reproche.

La discusión esconde un peligro; por supuesto que sí; pero si nos preparamos bien, con una genuina intención de alcanzar acuerdos, la espada de nuestros razonamientos se lanza finalmente al vacío sin fuerza para atacar, sino como un puente de unión entre dos visiones diferentes.