
Tu candidez a veces te traiciona; no, no puedes combatir contra todos y contra todo; tu fuerza no es tan grande como piensas. Además, a veces las cosas son como son y por mucho que hagas no vas a conseguir nada bueno, excepto agotarte en la lucha. Fíjate en tu cabalgadura; este simple animalito es más listo que tú, y sabe cuándo es tiempo de descansar y alimentarse, en vez de emprender tareas que le exceden.
Te gusta soñar un mundo mejor, y crees que con tu espada puedes logarlo; pero las cosas no siempre son así; ni el mundo es tan malo, ni tú tienes la capacidad de arreglarlo.
Deja de crear ilusiones vanas. El guerrero tan valiente y pulcro que imaginas no es tan fácil de encontrar en el campo de batalla; pues allí, todos los combatientes, de alguna u otra manera, terminan por ensuciarse. No, pequeño y cándido inocente, las cosas no son tan ideales como tú piensas. Abre los ojos y mira la realidad; valora tu capacidad y la necesidad o no de tus esfuerzos. No termines derrotado por no haberte detenido el tiempo suficiente para adquirir fuerza y... ¡realismo!