Al sentarme a meditar, había un deseo muy fuerte en mi interior: encontrarme con Dios, hablar con Él, sentir que no estamos solos sino que Él está siempre con nosotros. Y es así, con ese fuerte deseo, como se inició la meditación.

Aparezco en una sala ante Dios Creador. Sin embargo, no me acaba de gustar verlo en un recinto cerrado aunque hermoso y, entonces, como respuesta a ese deseo aparecemos en el cesped, a cielo abierto. Jesús está también allí; ¡lo agradezco tanto!, pero hoy quiero dirigirme al Padre en particular. Le digo que hay una distancia enorme entre Él y nosotros, que el camino es oscuro. Y entonces Él me responde:
-"¿No te das cuenta de que Yo soy la luz de la antorcha
que llevas en tu mano?
Dirige bien esa luz y la oscuridad desaparecerá"
que llevas en tu mano?
Dirige bien esa luz y la oscuridad desaparecerá"
Entonces, en primer lugar la dirijo a mí misma y me veo llena de una intensa luminosidad que cada vez se acentúa más y se agranda extendiéndose a todo.