
El Emperador se sienta erguido, enérgico y a la vez sereno sobre un trono de piedra. Ostenta símbolos de poder como son su corona y su cetro. ¿Qué nos puede estar diciendo?
El Emperador impone orden. Un orden basado en reglas claras y necesarias para el buen mantenimiento del reino. No se trata, por tanto, de reglas arbitrarias sino que el Emperador es alguien que conoce que el orden es necesario.
El problema podría surgir cuando esas reglas se vuelven como su trono, inflexibles. La piedra puede simbolizar lo estable, lo duradero; pero también aquello que no se mueve y que por tanto puede constituir un obstáculo si no sabe utilizarse de una manera abierta. Uno no puede estancarse en determinadas normas que podrían haber quedado obsoletas o no ser necesarias en el momento presente.
El Emperador, de alguna manera, puede poner un límite a la abundancia de la Emperatriz. Pero un límite que pudiera ser necesario, no un límite que parte de la obstinación o del deseo de mantener la autoridad a cualquier precio.
El Emperador, en su parte positiva, nos puede estar hablando de alguien que sabe cómo manejar la situación serena pero enérgicamente.

El Rebelde es la carta de quien se conoce a sí mismo y a su entorno. Y por eso puede desprenderse de las cadenas que intentan apresar sus pies. La antorcha que lleva en la mano simbolizaría la luz de ese conocimiento, así como la fuerza en la que se apoya para salir de las dificultades.
El Rebelde es alguien que no puede ser dominado. Pero su rebeldía debe proceder del conocimiento genuino, y no de la pura veleidad.
El Rebelde es alguien lúcido y valeroso que asume la propia responsabilidad y se lanza a la acción.

Me gustaría reclamar la atención para ese fondo que apenas se vislumbra. En un lado del Emperador, se percibe una ciudad; mientras que en el otro lado, es un campamento de batalla. ¿Qué nos dicen estos dos paisajes? Uno de sus mensajes pudiera ser que el buen Rey tiene que saber gobernar tanto en la paz como en la guerra. Debe saber adaptarse a todo tiempo, sin perder por ello su personalidad y su estabilidad.
El Rey nos dirige hacia nosotros mismos para que, una vez nos conozcamos y sepamos de nuestra esencia, comprendamos nuestras motivaciones y asumamos nuestro ser.
El conocimiento y la aceptación de quienes somos es el primer paso para asumir un papel director en el mundo. A veces, defender determinadas posiciones puede granjearnos problemas; pero, lo importante es saber manejar la situación sin traicionar nuestra esencia. Si en un momento determinado eso hace que los demás no se sientan especialmente dichosos con nuestras decisiones, eso no debería hacer flaquear las mismas si han sido cuidadosamente sopesadas y valoradas a la luz de la verdad. Uno no puede ceder a posibles chantajes cuando ha visto la verdad cara a cara.
Autoridad, no autoritarismo. Autoridad sobre uno mismo y autoridad sobre el entorno cuando ello se hace necesario.