
El Emperador se sienta erguido, enérgico y a la vez sereno sobre un trono de piedra. Ostenta símbolos de poder como son su corona y su cetro. ¿Qué nos puede estar diciendo?
El Emperador impone orden. Un orden basado en reglas claras y necesarias para el buen mantenimiento del reino. No se trata, por tanto, de reglas arbitrarias, sino que el Emperador es alguien que conoce que el orden es necesario y por tanto lo defiende a ultranza.
El problema podría surgir cuando esas reglas se vuelven tan inflexibles como el trono de piedra en el que se asienta. La piedra puede simbolizar lo estable, lo duradero; pero también aquello que no se mueve y que, por tanto, puede constituir un obstáculo si no sabe utilizarse de una manera abierta. Uno no puede estancarse en determinadas normas que podrían haber quedado obsoletas o no ser necesarias en el momento presente.
El Emperador, de alguna manera, puede poner un límite a la abundancia de la Emperatriz. Pero un límite que pudiera ser necesario, no un límite que parte de la obstinación o del deseo de mantener la autoridad a cualquier precio.
En su parte positiva, nos puede estar hablando de alguien que sabe cómo manejar la situación, serena pero enérgicamente. Y en la negativa, nos puede hablar de la persona inflexible, que aplica leyes con dureza sin tener en cuenta la flexibilidad de los momentos.