martes, 22 de abril de 2008

¿Qué se entiende por Meditación?

La palabra meditación encierra tal número de significados que resulta muy difícil ponerse de acuerdo a la hora de definirla. El término meditación se emplea para describir procesos distintos aunque con un fondo común. Por tanto, me gustaría aclarar distintos aspectos sobre la meditación.

Si nos atenemos al significado de la palabra en español, nos encontramos con que meditar es pensar sobre algo, ponderándolo, valorándolo, escudriñán-
dolo. Cuando en el lenguaje corriente decimos “tengo que meditar sobre ello”, se trata de aplicar un pensamiento profundo sobre una determinada materia.


Sin embargo, este significado sería totalmente opuesto a lo que muchos meditadores orientales nos transmiten, y que es precisamente el contrario. En este caso se trataría de dejar a la mente vagar, sin destino concreto, hasta alcanzar el “vacío” (una palabra repleta también de múltiples significados, ya que el vacío oriental no tiene nada que ver con nuestro vacío occidental).


Si el pri
mer significado implica una concentración mental; el segundo parece un dejarse llevar sin rumbo fijo. Pero en ambos casos parece pretenderse llegar a un estado de trascendencia que nos sitúe en nuestra verdadera naturaleza.


Para mí, meditar es
, entre otras muchas cosas, comprender; y para comprender hay que pararse a observar. Meditar es entonces un excelente sistema de penetración interna que nos ayuda a crecer como personas. Puede considerarse una herramienta fundamental dentro del campo psicológico. Uno debe aprender a tomar contacto consigo mismo, a reconocerse a sí mismo dentro de un entorno y, a partir de ahí, reconocer también a los demás y sus puntos de vista. Comprender los procesos internos de uno mismo, ayuda a comprender los de los demás.


Para mí meditar es, además, contemplar de forma activa a veces y en otros momentos pasiva. Me siento de forma relajada, cierro los ojos y me dispongo a la meditación, como un proceso de encuentro conmigo misma de forma profunda; pero también como un hermoso proceso de comunicación con Alguien más, con otro mundo espiritual y, por tanto, con sus protagonistas.


Contemplada de esta manera, la meditación responde al concepto de oración como una expresión y como una comunicación. Así me gusta orar. Primero uno se encuentra con su cuerpo del que a veces no es nada consciente a no ser que le duela algo o que experimente un gran placer. Luego se percata de la existencia de todo lo demás, el aire que lo envuelve, los sonidos, los olores, todo. Y más adelante intuye que alguien más puede estar escuchándole o incluso hablándole; entonces, ha llegado el momento de sintonizar y dejar fluir la conversación; una conversación que, en mi caso (cuando se da, y sobre todo cuando uno lo permite) se desarrolla principalmente de dos o, quizá, de tres maneras.


Una es el pensamiento;
se trata de palabras que son directamente vertidas en el pensamiento, como si habláramos de un proceso telepático. Otra forma es la visualización de imágenes cuya metáfora es normalmente comprendida de inmediato por quien medita. Y la tercera vía viene en forma de emociones; uno siente los valores, los conceptos; no sólo los comprende sino que los siente.


Muchas personas y muchos maestros espirituales dicen que, al meditar, uno debe abandonar la actitud crítica, la vía puramente mental. Aunque entiendo lo que quieren decir, creo que no debe aplicarse drásticamente esta norma. Una cosa es no censurar el pernsamiento, por ejemplo; pero otra, muy distinta, es no pararse a considerarlo. Francamente, creo que, sabiendo poner las medidas para que no se convierta en un obstáculo, no debemos abandonar la actitud crítica frente a las visiones, pues así evitaremos caer en el iluminismo, algo que puede conducir a la locura o a la soberbia (al fin y al cabo, una forma de locura si ésta se entiende como ir en contra de la realidad). Si las visiones o audiciones se contradicen con la ética, el poner en funcionamiento la crítica procedente de la razón es una muy buena solución. Y no olvidemos que la razón es también un regalo de Dios y que, por tanto, merece tenerse en cuenta.


Durante siglos se han presentado como opuestos el mundo de la razón y el del espíritu; pero creo que ha llegado la hora en que veamos con claridad que se trata de una unión inmensamente productiva si se sabe cómo equilibrar las dosis que proceden de uno y otro mundo en aparente contradicción, que no es más que apariencia.


Muchas cosas se pueden decir de la meditación, pero para mí lo más importante quizá es darme cuenta de que cuando la practico, lo que percibo, más que un razonamiento es una experiencia, y eso me renueva y me da una seguridad que no consigo obtener a través de un gran esfuerzo intelectual, a través de la búsqueda en los libros, de los que sin duda he obtenido gran ayuda. La
experiencia es lo que realmente queda, y eso se puede conseguir a través de la meditación.